La Casita de artes y juegos IGUAMIRA

Entre el espíritu del juego y la promoción de los 
derechos de la infancia lagunera

Por: Lucila Navarrete Turrent

Un bolero se aposta bajo el calcinante sol del mediodía en la esquina de una de las calles del centro de Torreón. Su hijo de cinco años asiste a un jardín de niños por la zona y de tarde acompaña a su padre a esperar el resto de la clientela. Desde hace algunas semanas el pequeño visita una ludoteca que recientemente abrió sus puertas en la calle Jiménez, en pleno centro de la ciudad. Raúl Esparza, el cuentacuentos lagunero que fundó el sitio, convenció al papá de que su hijo podía esperarlo armando rompecabezas o jugando a los títeres, a tan sólo unos cuantos metros del cajón de bolear, y que de no alcanzarle para cubrir la cuota de entrada a la ludoteca, se le podía exentar. “La mamá lo llevó, conoció primero el lugar y dejó al niño,” me cuenta Raúl, “pagó la entrada y aclaró que cuando no hubiera con qué, pues no lo llevaría. Desde entonces no ha faltado un solo día. Lo que más le gusta es pintar”. 

Una señora y su pequeña hija de tres años venden cigarros y paletas con un carrito en las inmediaciones de la Plaza Mayor. “La señora un día vio la Casita Iguamira y se detuvo a preguntar y a conocer el lugar. También le dijimos que podía entrar libremente, pero ella pagó. La niña jugó con dos niños que no conocía, pintó y se acercó a jugar al Gato con los demás. Su mamá tardó en llegar y se le soltó el llanto”, dice Raúl, “no sabemos si a ella también le ganaron las lágrimas al andar por las calles sin su pequeña. Pasan por allí todos los días”.

Raúl Esparza (foto: lavereda.com.mx)
La Casita de Artes y Juegos Iguamira, abrió sus puertas el pasado 28 de febrero con el aliento del promotor cultural Raúl Alejandro Esparza y de otros laguneros como Silvia Conde (del Colectivo Albanta A.C.), Oliva Velázquez (de Edupaz, A.C.) y Carlos Niembro Acosta, quienes a su vez hicieron extensiva la invitación a otras personas para solidarizarse con el proyecto y poder consolidar sus gastos y funcionamiento. Actualmente es apoyada por una red de 24 personas. Sus bases son cívicas: no recibe estipendios institucionales, ni públicos ni privados, lo que ha posibilitado crear un clima de autonomía y democratización de la cultura y promoción de los derechos de la infancia, sin distinciones de raza y clase, además lejos de los intereses partidistas y gubernamentales. En la casita entablan amistad niñas y niños de distintas y variopintas experiencias familiares, escolares y contextuales. Hay visitantes que incluso asisten con regularidad y provienen de El Vergel, Durango.
“Hace un par de años empecé a notar cada vez más la ausencia de lugares para la niñez. Como sabes”, me comentó Raúl en conversación por correo electrónico “en los últimos tiempos se han multiplicado los espacios de recreación y reunión para jóvenes y adultos: bares y restaurantes. ¡Muchísimos! Y creo que esta carencia me lo hizo más evidente por contraste”.

Con la actual administración municipal, la evidente gentrificación con enfoque comercial de la zona centro de Torreón ha complicado aún más la posibilidad de la recreación cultural, libre y espontánea. Si esto ha mermado en el derecho a la cultura para jóvenes y adultos, la población infantil ha quedado prácticamente en el olvido.

Raúl, quien había estado encargado del Cafecito del Fondo del Teatro Isauro Martínez durante casi 10 años, y realizaba una decena de eventos mensuales para niños en este espacio, se vio obligado a cerrar el café por la creciente ola de violencia. Con el movimiento de “Moreleando de vuelta al centro” se dispuso a reactivar algunas actividades pero el ímpetu no duró: “el público infantil es de poco interés para los promotores y creadores locales”, me dijo.

En otoño del año pasado recuerdo haber escuchado las ideas cimientes del proyecto en una conversación de sobremesa. El hijo de Oliva me había invitado a su casa al sur de la Ciudad de México; ahí estaban ella y Raúl, viejos amigos de larga trayectoria en la defensa de los derechos de la niñez. Hablaban de la necesidad de contribuir a enmendar los lazos vejados por la violencia que ha azotado a la región en la última década; del deseo de no olvidar para reparar, y atender especialmente la infancia.

El primer propósito de Iguamira es visibilizar e incidir en la falta de espacios para la promoción del juego, la cultura y la paz entre las y los infantes de La Laguna. En este sentido busca garantizar su bienestar, tal como lo demanda el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño. La población infantil, junto con las mujeres, constituye uno de los grupos más vulnerables en contextos azotados por la pobreza, la violencia y las crisis políticas y económicas. Según datos de la UNICEF, 1 de cada 4 infantes en edad escolar en todo el mundo vive en algún país afectado por esta clase de crisis; y se estima que en el año 2030, 167 millones vivirán en extrema pobreza. En lugares donde la infancia no es atendida adecuadamente, las y los niños tienen menos oportunidades de acceso a educación, salud, vestido, juego y derecho a la cultura. “Las vivencias creativas, si bien no resuelven ni completan estas necesidades, sí les da oportunidad de externarlas y esto constituye el primer paso hacia una elaboración psíquica, fundamental para la construcción de sentido y de la personalidad”, me dijo Raúl al teléfono.

El nombre de la casita tiene que ver con la necesidad vital del juego, de las tradiciones orales y el arraigo a la naturaleza a lo largo de la historia de la humanidad. Iguamira es el personaje de un relato que Raúl contó algunas veces en el Museo Regional de la Laguna. Lo escribió basándose en los datos de la arqueóloga local Beatriz González de Montemayor, aunque el espíritu del relato tiene que ver menos con la escritura que con las historias míticas que se cuentan y escuchan en colectivo. Los personajes principales son un niño irritila, Iguamira, y Caxeripa, la temida hacedora de torbellinos que al resto del clan mantiene atemorizado debido a sus poderes sobrenaturales. Iguamira juega y juega, pero al jugar también altera los rituales familiares, razón por la que los mayores deciden exponer a Iguamira con Caxeripa, cuenta la historia. “Lo más atrevido fue tomar, a escondidas, los tintes que los hombres usaban en sus ceremoniales, sólo para hacer dibujitos en las cuevas. ¡Nunca sabremos quién decoró esos muros, si los mayores que buscaban conjurar alguna amenaza o Iguamira en su afán de probar sus habilidades pictóricas!” Pero lejos de haber escarmentado, Iguamira y Caxeripa se volvieron grandes amigos. Aquél regresó a casa “con el poder de Caxeripa, que hasta el día de hoy sigue haciendo volar todo a su paso, pero que nos deja vivir aquí, cerca de lo que era una Gran Laguna”.

La Casita de Artes y Juegos Iguamira abre de martes a viernes por la tarde y los sábados por la mañana. Es atendida por 6 facilitadores, algunos son de bachillerato y otros universitarios, quienes se toman turnos para asistir 2 veces por semana. Para ingresar se solicita una cuota de recuperación de $30 por menor y $10 por adulto, aunque se ofrece entrada libre a quienes no estén en condiciones de cubrir el monto. “Es el caso de los trabajadores informales que circulan por el rumbo y que se hacen acompañar por sus hijos e hijas. También queremos ofrecerla a las familias de indígenas migrantes que trabajan en cruceros y que pasan cerca de la Casita al regresar a su albergue”, me explica Raúl.

Por el momento, se ofrece como una alternativa para el uso libre del tiempo. Cuenta con salón de juguetes, taller de artes plásticas, patio de espectáculos, sala de lectura, cinito, cuarto de bebés, arenero y herbario. Entre los padres de familia se ha manifestado la necesidad de un esquema más estructurado, con horarios específicos para determinadas actividades, aunque esto, según indica Raúl, implicaría una mejor capacitación para las y los facilitadores y la contratación de personal más especializado.

Al 1ero de mayo ha contado con la visita de 227 menores y 105 padres de familia. En abril la Casita participó en el Festival Cazacuentos Uno, ofreciendo talleres de narración oral. Recientemente comienza a establecer vínculos con la Comisión de Derechos Humanos y el Departamento de Cohesión Social del DIF Torreón “para invitar a las madres trabajadoras de limpieza del municipio a traer a sus hijas e hijos a la casita”.

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