La devastación de la Alameda Zaragoza

Por: Álvaro González

De lo que alguna vez fuera la Alameda Zaragoza de Torreón, el segundo espacio verde más importante del primer cuadro de la ciudad, debe quedar, a lo sumo, un tercio del arbolado; todo lo demás ha sido devastado por neverías, tiendas de fritangas, espacios encementados “escultóricos”, juegos mecánicos, bustos de una retahíla de hombres notables unos y otros de muy dudosos méritos; pedestales donde hubo bustos de bronce que fueron robados y vandalizados, mesas y bancas de cemento en mal estado; los pasillos robados por puestos permanentes de artesanías, ropa y chácharas que tienen algún tipo de arreglo con algún funcionario municipal de Plazas y Mercados y, después de unos años de ausencia, la vuelta de los llamados “franeleros”, apropiándose de estacionamientos, dañando las instalaciones de agua potable y asechando los vehículos.

Irreverentes, los pájaros bañan de suciedad la estatua de don Pablo C. Moreno, un busto, como los demás de ese pasillo de los llamados escritores ilustres, pintado en color oro, pero con una fea pintura comercial.

Don Pablo corre con suerte, porque el busto del fundador del paseo, don Francisco Fernández, ha desaparecido; fue robado con todo y placa por los vándalos, quienes ni tan siquiera sabían que ni era escritor ni era ilustre, pero vender al kilo el cobre deja un dinero para las caguamas y para la yerba loca.

No es el único pedestal descabezado; por lo menos hay tres más que ya no se sabe a quién sostenían, como tampoco se sabe quiénes son algunos los bustos remanentes porque las placas fueron robadas; así aparece el busto de Donato Ramos Clamont, quien es difícil explicar por qué tiene un busto en la Alameda Zaragoza.

El monumento a Jalil Gibrail ha sido vandalizado y todas las letras y el árbol de bronce originales han desaparecido para irse también al kilo.

A Jacinto Viesca, que con tanto orgullo los panistas colocaron su busto, tampoco lo cuidaron, porque ahora solo aparece el pedestal. El busto y la placa se fueron al kilo.

¿Cómo le hacen los vándalos para desprender un busto y una placa de cobre, lo que debe implicar un escándalo ruidoso, pero además cargar con los bustos, algunos de buen tamaño. ¿Dónde estaba la policía? Esto no es nuevo, data ya de hace varios años, tal vez del periodo de gran inseguridad y violencia que vivimos entre el 2007 y el 2012, pero se percibe que los vándalos siguen sueltos.

Para que no hicieran tanto ruido, a las organizaciones de los desaparecidos se les ha hecho también un monumento aquí en la alameda: una muro recubierto de lámina de mármol travertino, con un círculo al frente de cubos bajos recubiertos del mismo mármol, uno de los cuales ya aparece descubierto, ya sea porque la obra no ha sido concluida o porque ya fue vandalizada, lo que parece su destino, porque el muro está más que a modo para los grafiteros, que deambulan por toda esta parte de la ciudad, asechando con su bote de aerosol y las ganas de pintar un garabato donde sea para dar constancia de su fantasmal existencia social.



NEVERÍAS, TIENDAS, JUEGOS MECÁNICOS   

Pero lo de los bustos de bronce es más bien una oda burlesca  a la vanidad, no así el negocio de paletas y nieve Willy, que tiene tomado el kiosco del centro de la alameda, pero seguramente le adquirió “los derechos” del espacio a los anteriores “propietarios”, que eran parientes de la familia de políticos Ramos Salas.

No sólo se han apropiado del kiosco desde hace décadas, sino que han llenado parte de la explanada con mesas y sillas de cemento, en lo que podría ser un espacio recreativo y cultural muy importante.

Del lado oriente, salvo la biblioteca García de Letona, todo está tomado por negocios, los cuales le han robado grandes espacios a la alameda, como la nevería Bips, que en torno a la tienda original se ha tomado un gran espacio para techarlo y color mesas y sillas de cemento, todo color rosa bebé. ¿Quién le permitió tomar parte de un espacio público? Nadie sabe o todo mundo hace como que no sabe.

Hay otros negocios que también le han agregado a los locales mesas y sillas de cemento y otros, como el ubicado en la esquina de la calle Juárez, que es relativamente reciente, si se les compara a los demás.

En medio de estos negocios, que roban ya grandes espacios, se ubican los juegos mecánicos, los cuales roban a la alameda cientos de metros cuadrados y rodean el par de canchas de básquet bol, divididas por unas muy feas y anacrónicas graderías que hizo algún gobierno municipal.

En el sector poniente, que se había mantenido por más tiempo libre de invasión del espacio verde, solo se ubicaba la llamada Fuente del Pensador, pero ahora aparece ya un tabarete grande y otro gobierno municipal mandó a hacer una explanada de cemento con una serie de cubos y adornos de metal pintados en rojo, una aberración desde el punto de vista arquitectónico, que debió costar mucho dinero público, pero que roba otro espacio bastante grande al área verde sin otro sentido que la satisfacción de algún arquitecto ignorante y un funcionario de obras públicas corrupto.


En general toda la parte poniente de la alameda se observa devastada, desde el punto de vista vegetal. Hay muy pocos árboles y el pasto se encuentra seco, descuidado.

Los baños, que cobran tres pesos a los usuarios, son una pocilga que da vergüenza; sucios, pestilentes, nauseabundos.

Casi toda la parte norte está invadida en su corredor principal por un grupo muy numeroso de vendedores, en apariencia foráneos, quienes se supone deberían estar por periodos cortos, pero se han instalado de manera permanente, algunos colocando inclusive alfombras roídas sobre el adoquín. ¿Quién ha permitido su instalación permanente y a cambio de qué?

Las bancas, que fueron obra de algún otro gobierno municipal, lucen un diseño burdo, tosco, son incómodas y sumamente calientes, pues son de cemento.

Durante casi todo el día es muy difícil recorrer este paseo público, debido a que el sol golpea inclemente. Estamos en mayo y a las once y media de la maña el calor es difícil de soportar; se necesita ir en busca de alguna sombra que, penosamente, en medio de una alameda son más bien pocas, porque son pocos los árboles que quedan.

Con todo y este desorden y devastación, los domingos por la tarde la Alameda Zaragoza es el paseo más popular de la ciudad, superando con mucho a la Plaza de Armas, a la Plaza Mayor y al Bosque Venustiano Carranza.

Aunque hay gentes de otros medios, el grueso de la enorme concurrencia proviene de la zona céntrica de la ciudad y de las colonias pobres del poniente y las que están pegadas a los cerros del extremo oeste.

Dar la vuelta con la familia o con la pareja; comer las chucherías más inimagibles. Se vende de todo, discos y películas piratas, juguetes, pan, fruta picada, nieve de raspa, elotes “preparados” y todo aquello que a una persona de otro medio le provocaría una semana de gastritis, pero que a esta gente le hace feliz.

El cholo que va por ahí, con sus pantalones tumbados, la greña media rapada, la cadena colgando de la cintura; muy orgulloso de llevar abrazada a su morra que luce una faldita de color fosfo, justo unos milímetros debajo de la línea de sus juveniles nalgas, y una blusa ombliguera que sólo cubre parte de los pechos. La greña rubia, roja, azul, medio roja, medio azul, no hay fijón, la raza se está paseando, es domingo y la chinga de la semana estuvo gacha, hay que comerse un elote, pichas las nieves y llevarse un disco de buenas rolas.

Terminado el domingo, la alameda vuelve a su desolación, en espera del próximo prócer de las letras o de lo que sea que quieran poner su busto; de alguien a quien se le ocurra hacer un monumento o robarle parte del espacio a lo que debería ser pasto a cambio de un “moche” mensual a los inspectores de plazas y mercados.


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