Alcaldes en 2018: elección innecesaria

Por: Álvaro González

Cada que se hacen nuevas reformas o modificaciones electorales, en lugar de mejorar las cosas se ponen peor. Es difícil explicar en qué elucubraciones se basó Rubén Moreira para cambiar las elecciones de presidentes municipales, de tal manera que se eligieran alcaldes para tan solo un año, con el supuesto fin de “empatarlas” con la elección presidencial, pero principalmente de diputados federales y senadores, lo que implicó que la elección de presidentes municipales se repita en este año de 2018.

Originalmente, se suponía que no les se iba a permitir a los alcaldes electos por un año presentarse como candidatos para reelegirse, pero luego hubo cambio y se permitió que se reeligieran para el periodo de tres años, con lo cual el tiempo real puede ser de cuatro años, como estaba.

Todavía más, los alcaldes, recién electos, tendrían que pedir permiso a sólo dos o tres meses de su brevísimo gobierno para llevar a cabo su campaña electoral, pero luego vino a resultar que siempre no, que los alcaldes podían estar en funciones y en campaña, lo que no resulta sano por el lado que se le quiera ver.

Cuando apenas están organizando el mini-gobierno de un año, están al mismo tiempo en campaña, pensando más en términos electorales que en cómo llevar a cabo un buen desempeño de la función pública.

Un mini-gobierno de un año es inviable, en el mejor de los casos se puede ver como un interinato ¿Pero un interinato para quién o para qué proyecto político?

Se supone, sólo se supone, que los alcaldes electos están planteando gobiernos para cuatro años, al menos en el caso de Torreón, Saltillo y Monclova, los tres municipios más importantes del estado. ¿Y si llegara a suceder, por esas cosas chocarreras de este circo impredecible de la política, que perdieran la elección? Tendrían que levantar su carpa y retirarse con toda su parafernalia, lo cual sería un verdadero desorden.

Pero las cosas no terminan ahí: un alcalde en funciones tiene una serie de ventajas y de tentaciones frente a un candidato ordinario que está fuera del poder. El asunto es saber si se puede resistir a la tentación de utilizar todos los recursos, programas, obras y proyectos gubernamentales para hacer campaña. Ya hay indicios de que es más que difícil resistirse a esa tentación.


¿ACTOS DE GOBIERNO O DE CAMPAÑA?

Durante un evento realizado en el mes de enero para entregar un camión para limpieza del drenaje, el alcalde panista de Torreón, Jorge Zermeño Infante, ante un grupo de habitantes de la colonia Jacarandas, manifestó que algunos empresarios habían donado cobijas, cocinetas y cubetas de pintura, y que éstas últimas se las iba a hacer llegar próximamente para que pinten las fachadas de sus casas.

¿Regalar pintura es un acto de gobierno o un acto de campaña, más si fueron donadas por empresarios anónimos? Puede, con fundamento, interpretarse como un acto de campaña, porque estos empresarios podrían entregar las cobijas, las cocinetas y la pintura a los ciudadanos, no entregarlas al alcalde para que este las “done” a los colonos.

Demás está decir que el donar cubetas de pintura es uno de los recursos más típicos de campaña electoral que conocemos, fomentando la subcultura de la dádiva con fines electorales.

Una más: un grupo de habitantes de las colonias del poniente de Torreón, el sector más golpeado por la delincuencia y uno de los más pobres y con problemas de integración social de la ciudad, se manifiestan frente a la presidencia municipal y le exigen al alcalde, Jorge Zermeño, que cumpla sus promesas de campaña, específicamente manifiestan que les prometió empleo y ahora quieren que se los cumpla.

Si el alcalde está en una segunda campaña electoral, es muy explicable que sus propios seguidores le exijan que cumpla con las promesas de su campaña anterior, pero éste sólo lleva en el cargo un mes al momento del reclamo, además esa promesa es imposible de cumplir, porque el alcalde no tiene la manera de proporcionar empleos; es algo que está fuera de su alcance, como gran parte de las cosas que se ofrecen en campaña.

Lo anterior son sólo ejemplos que muestran por qué haber hecho una elección de alcaldes para un periodo de tan solo un año ya no era una buena medida, pero cómo además permitir la reelección empeoró las cosas. Lo más sensato parecía el haber dejado el periodo de cuatro años y, el siguiente, pasarlo a tres.

¿Qué sucederá con los alcaldes que no van como candidatos a reelección y sólo ocuparan el cargo un año? Lo más probable  es que serán interinos que se dedicarán, como se dice en el futbol argentino, a “canchear”, lo que se traduce como pasear la bola para que corra el reloj y cumplir con el tiempo reglamentario, manteniendo el provecho que ya se ha obtenido.

Si con gran frecuencia es difícil lograr el compromiso y la eficiencia en muchos funcionarios y empleados municipales en periodos ordinarios, ya habrá que hacerse una idea de lo que sucederá con aquellos que ocuparán sus cargos por tan solo un año y luego serán despedidos.

Finalmente hay que considerar el doble gasto que se hará en las campañas electorales, que ya de por sí resultan carísimas a quienes finalmente las pagamos, porque el dinero, por supuesto, es público.

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