GENÉTICA Y RACISMO

Por: Álvaro González

Argumentar superioridad de raza hoy se vuelve aun más ridículo gracias a los laboratorios genómicos, que pueden definir los porcentajes casi exactos de la procedencia genética de una persona. Así, quien neciamente se aferra a su mentalidad racista o xenofóbica, más en un país como Estados Unidos, construido por migrantes, o en uno tan mestizo como México, debería hacerse uno de estos exámenes de procedencia genética; tal vez hasta se lleva una buena clase de historia.


Siempre me he considerado como un mestizo típico, que tiene una mezcla indeterminada de indígena y español, siempre lo había visto así de simple, como consideraba que era la mayoría de los mexicanos, con las muchas variantes de proporción genética que debe de haber en esa mezcla, según se trata del norte mexicano, del bajío, del centro y en especial de los estados del sur, donde el mestizaje se dio en menor proporción, pero hoy me encuentro con sorpresas.

La mayor parte de mi familia radica en California y el resurgimiento del racismo en los Estados Unidos a raíz del fenómeno Trump, que por cierto nunca ha desaparecido en muchas de las regiones del vecino país, está motivando, sobre todo en los jóvenes, ciertos comportamientos muy singulares, como el recurrir a los nuevos y sofisticados servicios de la ciencia genómica para conocer su composición racial con precisión.

Pudiera ser que esto no sea muy sano, desde el punto de vista de la identidad cultural y familiar, pero mucho tal vez sólo sea la satisfacción de una curiosidad científica, porque finalmente la identidad cultural no te la va a definir la genética, sino la familia y el medio donde se nació, se creció y se fue educado.

Lo anterior no deja a un lado el asombro con que la ciencia genómica logra definir la composición racial de una persona, a través de estudios sofisticados que, al menos en los Estados Unidos, se han vuelto económicamente accesibles, aun cuando sigan costando una cantidad considerable para una economía como la mexicana.

El caso es que una hermana mía es médica, su hija estudia para ser enfermera y un sobrino más también estudia enfermería. Los dos últimos tienen en común, además de tener madres mexicanas, el ser hijos de extranjeros migrantes de Rumanía y Marruecos, respectivamente, por lo que, a través del hospital que les hace un descuento, se hicieron estudios para conocer su composición racial. Los resultados les dejaron sorprendidos.

Con tal antecedente, dos hermanas más decidieron hacerse también tales estudios, motivadas por la curiosidad; les inquietaba saber cuál era su mapa genético si ellas siempre se han considerado, como yo, mestizas típicas, con una fisonomía que en los Estados Unidos se identifica como “muy mexicana”: morenas claras, pelo negro, ojos oscuros, estatura mediana y demás.

Cuando recibieron los resultados de los estudios, que son idénticos en un 95% entre ambas y en consecuencia un 95% en relación al resto de sus hermanos, se llevaron sorpresas de tipo genético, aunque de fondo se llevaron también una clase de historia sin haberlo siquiera sospechado.

Resultó que tenían un 37% de componente  genético de habitantes nativos de América, específicamente de los estados de Michoacán, Jalisco y el sur de Guanajuato, lo que era algo esperado, pero no con tal precisión, porque efectivamente toda las descendencia familiar radicó, por no se sabe cuántas generaciones, en el estado de Michoacán, cerca de la frontera de los estados de Guanajuato y Jalisco.

¿Pero y el restante 63%? Ahí fue donde vinieron las sorpresas: 43% es de un componente italiano y griego, sólo 8% es español y portugués, 6% alemán, 3% vikingo y otro 3% de los países bajos.
¿Cómo es posible tal composición genética en un típico mestizo mexicano si el estudio tiene una confiabilidad de un 98%? Historia, sencillamente.

Siempre hemos vivido con la idea equivocada de que los españoles son una raza uniforme y una parte de ellos sencillamente se mezcló con los indígenas nativos que habitaban el territorio de lo que hoy es México, pero eso es un mito que hoy la ciencia confirma, pero la historia lo puede enseñar bastante bien.

España fue colonia romana por casi siete siglos. De hecho era una de las tres colonias más estables del imperio, por su aportación de recursos materiales y humanos; incluso varios gobernantes romanos fueron de origen español. En el siglo V los romanos fueron sustituidos por los visigodos y siguió la historia del coloniaje.

En siete siglos de convivencia social y cultural, es bastante explicable que los españoles sean, genéticamente, italianos y griegos en un muy alto porcentaje, lo demás se explica por la convivencia natural e histórica que se dio entre las diferentes etnias en lo que hoy es Europa por milenios de migraciones, dominaciones coloniales e intercambio humano. Todo está en la historia, sólo que no se tenían adelantos científicos como los de hoy para establecer cómo es que quedó la composición genética.

No por esto deja de sorprender el saber que uno es genéticamente más italiano y griego que indígena y tan solo un 8% de español.

Es también interesante saber que los hijos de mis hermanas sólo tienen un 15 o 20% de la genética materna y el resto es una diversidad muy amplia de las regiones del mundo de donde son originarios sus padres.

Pero, de acuerdo a la información de los especialistas en genética que realizan el estudio, el cual se lo han efectuado a miles de mexicanos que radican en diferentes zonas de California, tiene variaciones importantes, dependiendo de qué parte de México sea originaria la descendencia.

El componente genético nativo de América puede variar desde sólo un 20% hasta un 100%, indicando que el mestizaje varía enormemente de Chihuahua a Chiapas, aunque hasta ahora el promedio de todos los mexicanos que se han sujetado al estudio es de un 42%.

No somos, ni a distancia, lo que canta el corrido de Chihuahua: “Eres mi tierra norteña india vestida de sol”; eso le iría mejor al corrido de Chiapas u Oaxaca, pero no a un estado norteño, cuya composición genética se distancia mucho del mestizaje promedio del centro y sur del país.

Este mestizaje se da en el siglo XVI primeramente en el centro de lo que hoy es México, se expande al bajío y occidente de manera más tardía, pero es mucho más lento su avance hacia el sureste del país, cubierto por selvas que eran casi impenetrables. En estados como Oaxaca y Guerrero la colonización fue muy dificultosa y el mestizaje sólo se da en una proporción mucho más baja, mientras que en los estados norteños la conquista de los territorios se prolonga hasta el siglo XVIII. Había poblaciones muy pequeñas, misiones y presidios, pero estos eran puntos de avanzada en un territorio hostil donde la llamada Guerra Chichimeca se alargó por muchísimo tiempo.

En las Bajas Californias, Sonora, Sinaloa, Chihuahua, la mayor parte de Coahuila, buena parte de Tamaulipas y Nuevo León, inclusive en parte de Zacatecas y de Durango, el mestizaje es tardío y es muy distinto al del centro del país, al bajío o al occidente. Todavía en el siglo pasado se podían apreciar las diferencias fisonómicas de los habitantes del norte con respecto a las regiones como el centro de México.

Hoy la ciencia genómica nos presenta una diversidad y composición genética que es un mosaico multicolor fascinante, donde el componente de los nativos americanos varía en cada región y se mezcla con una diversidad de genotipos europeos de lo más diverso.

Si ser racista desde el punto de vista cultural y social era una estupidez y una aberración del comportamiento humano, a los nuevos ojos de la ciencia genómica hoy sabemos que la diversidad se impone como la única realidad.

En el mundo sólo quedan ya algunas viejas etnias originales que, por su aislamiento, se han mantenido al margen del intercambio genético, porque el resto de la raza humana ha entrado en un intercambio vertiginoso que hará cada vez más compleja la composición genética de los seres humanos.

Si esto pasa en lo biológico, en lo cultural está sucediendo lo mismo.



Comentarios

Entradas populares