LÓPEZ OBRADOR: ¿realmente es populista?

Por: La redacción


En un proceso electoral donde lo más penoso es que no aparece una figura contundente, mucho menos un gran líder como el que exige la gran mayoría de la población mexicana, cabe preguntarse si realmente Andrés Manuel López Obrador es el populista que sus críticos afirman y, en consecuencia, representa sólo otra careta de esta tendencia política.

Es indiscutible, aun para sus adversarios más radicales, que López Obrador es un político que tiene eso que los griegos llamaban solercia, lo que se entendía por el don de gentes, la facilidad de palabra, cierto encanto e inclusive una presencia física agradable a los ojos del común de la gente.

La mayoría de los comentaristas o comentólogos, como les llama con sarcasmo Jorge Castañeda, repiten todos los días que es, abrumadoramente, el candidato que puntea en las encuestas de preferencia de los votantes y, muchos, dan por un hecho que será el próximo presidente de la república.

Pero los más profesionales, que no son muchos por cierto, se toman las cosas con calma, porque no se puede pasar por alto que ya ha sido candidato dos veces y comenzó sus campañas con preferencias casi tan altas como las de ahora.

Si se analiza la trayectoria de López Obrador, sus discursos y sobre todos sus actos, parece evidente que el tabasqueño es la antítesis de los tecnócratas, que pretenden, con todos sus títulos universitarios, poseer el conocimiento “científico” para la conducción del poder.

El precandidato muestra una aparente confianza absoluta en que tiene la solución para los grandes problemas del país y lo presenta como algo sumamente sencillo, con medidas que resultan igualmente simples, pero que pueden ser muy atractivas para la gente común. Digamos que su discurso está estructurado como un eslogan: corto, contundente, de fácil comprensión y pegajoso para la memoria.
“¡Meteremos a todos los corruptos a la cárcel! ¡Bajaremos los sueldos de todos los funcionarios públicos! ¡Le daremos una pensión mensual de 2 mil 400 pesos a todos nuestros viejitos! ¡Le daremos una beca a todos los estudiantes pobres para que puedan terminar sus estudios!”

La gran ventaja de López Obrador es que lo conocen todos los mexicanos, pero su gran desventaja es exactamente la misma: ya sea enojado o amable es el mismo que busca la presidencia desde hace 12 años y no le ha agregado nada nuevo a su discurso.

El problema más importante de este político es que no es una persona que se siente con un grupo de trabajo a analizar un problema complejo y estructure una propuesta sólida para resolverlo. Tampoco es un político que se meta a fondo a una determinada situación y proponga soluciones novedosas y viables. Problemas tales como la corrupción, la pobreza, la educación, la salud, el sistema de seguridad social, por citar sólo algunos ejemplos.

Se puede poner como ejemplo el caso de los adultos mayores y los estudiantes. El país tiene un serio problema en sus sistemas de pensiones. La Afores, que fueron creadas tomando como referencia el modelo chileno, son un serio problema para la mayoría de los trabajadores mexicanos, porque se está cotizando muy bajo por parte de los patrones y de los trabajadores, lo que llevara a los fondos a un colapso a más tardar en 10 años, en la opinión de los especialistas, cuando se den las primeras jubilaciones masivas con este sistema que ya hizo crisis en su país de origen.

Por otra parte, todo el sector gubernamental y de las empresas e instituciones paraestatales, tienen un sistema de pensiones y un pasivo laboral que es desproporcionado a su capacidad económica, lo que ya es un problema financiero grave, pero empeorará con el paso de los años y tendrá, de no hacerse cambios, un costo inmanejable para el estado, cuya deuda ya no puede subir más de sus niveles actuales, que están casi en el 50% del Producto Interno Bruto del país.

Es muchísimo más fácil y popular darle a los viejitos, como López Obrador los llama, 2 mil 400 pesos mensuales que reestructurar todos los sistemas de pensiones del país, lo que es un problema complejo, pero socialmente es una prioridad que tiene que enfrentar el nuevo presidente, especialmente si se proclama de izquierdas.

Si bien los tecnócratas han abusado de la “ciencia” para hacerse del poder y manejar las hacienda del país con modelos que tienen en la pobreza a la mitad de la población, López Obrador va al otro extremo: su conocimiento de cómo funciona una economía resulta inadecuado, para alguien que busca ser presidente de la república, y plantea medidas que pueden considerarse dentro del populismo, aunque se les quiera ver con la mejor de las voluntades.

Entrar con él en discusión sobre temas como la cuestión fiscal parece una pérdida de tiempo y eso es algo muy delicado.

En educación propone en su propaganda dar masivamente becas a estudiantes pobres, sin explicar de dónde tomará ese dinero, pero al mismo tiempo afirma que le dará marcha atrás a la reforma educativa y le ha tendido la mano a los grupos tan dañinos como la Coordinadora Nacional de la Educación, que ha destrozado no sólo el sistema educativo sino la economía de estados como Oaxaca desde hace décadas.

Singularmente, aunque está casado con una académica con grado de doctorado, su historia personal es la de un activista del PRI de los años setentas, que duró algo así como 13 años para concluir una carrera universitaria de bajo perfil y la terminó de “panzazo”, tal vez porque de alguna manera necesitaba el título universitario.

Es claro que no considera el estudio como una tarea importante en la formación de una persona y es un fanático del activismo.

Se esperaría que si va a darle marcha atrás a la reforma educativa que implementó Peña Nieto, exponga con argumentos serios por qué y presente una propuesta concreta para enderezar un sistema de educación pública que, efectivamente, no funciona, de acuerdo a los parámetros de medición internacional, pero resulta que no cree en tales parámetros ni en los organismos que los emiten.
En general es claro que Andrés Manuel recela del capitalismo y eso sería de lo más sano si se habla del capitalismo salvaje que genera una distribución de riqueza como la de México, pero un político moderno de izquierda tiene ordinariamente una crítica del capital que está muy distante de la del siglo pasado. Hoy la izquierda, por lo menos la que es exitosa, maneja otros esquemas, ahí están como ejemplo los países escandinavos y otros más.


CIERTA VENA AUTORITARIA

Otro inconveniente de López Obrador es que no se rodea de gente de alto perfil y si esto llega a suceder es una persona que escucha poco, al momento de la toma de decisiones. Suele decidirlo todo de manera personal y no admite antagonistas, lo que le acerca al autoritarismo al momento en que se presentan situaciones de conflicto o de toma de decisiones críticas. Es, como lo fue Cuauhtémoc Cárdenas, alguien que, en la práctica, no admite a nadie por encima de él, lo que explica en buena medida la creación de Morena.

Andrés Manuel rechazó todas sus alianzas anteriores y el formar coalición con las izquierdas, para lo cual creó Morena y pidió que todos se sumaran a su proyecto o, en otros términos, que todos se pusieran bajo su mando. Esto ha provocado la fractura de este sector político que no ha podido llegar a la presidencia precisamente por su incapacidad de mantener una coalición sólida y coherente.
Al formar Morena perdió una estructura partidista y de forma apresurada ha estado tratando de integrar una nueva, pero no la tiene, ni tiene tampoco los cuadros que se necesitan en caso de que llegue a la presidencia. Todo gira en torno a él, no a una formación política, lo que les da la razón a sus críticos sobre su evidente caudillismo, que es un elemento de los gobiernos latinoamericanos de corte populista.

Entre Cuauhtémoc Cárdenas y él se han repartido la candidatura a la presidencia de la república por treinta y seis años y, cuando no la han logrado, se van y le retiran su apoyo a las formaciones políticas que los han arropado, además de bloquear todos los cuadros políticos que pueden competirles la candidatura, porque consideran que sólo ellos pueden acaudillar al país hacia la bienaventuranza.

Su actual equipo, si así se le puede llamar, está conformado por una mescolanza de parientes, amigos y oportunistas, los cuales han sido integrados con un criterio que ha desplazado al sectarismo de la primera campaña, para asumir un pragmatismo cuyo propósito principal es alcanzar el poder.
En un mismo costal ha metido foxistas, expriistas oscuros, gentes vinculadas a los propietarios de Televisa, personajes cercanos a la familia Slim, viejos colaboradores y gente desechada incluso por las izquierdas debido a sus cuestionables antecedentes. Parece dispuesto a “perdonar” y sumar a quien sea con tal de que trabaja bajo su mando.

Es tal este pragmatismo, que ha propuesto la amnistía para los grandes capos de la droga, quienes son responsables de tal barbarie que se puede considerar como actos de lesa humanidad.
Esto de sentir la capacidad de “perdonar” es un nuevo comportamiento de López Obrador, en relación a su pasado político, pero encaja dentro del caudillismo, donde el supremo cree tener el poder de conferir la gracia del perdón y de convertir a los malos, como de hecho lo está haciendo con otros personajes.



CORRUPCIÓN Y DEMOCRACIA

El tema central del discurso opositor en México es la lucha contra la corrupción, sobre el cual López Obrador tiene la misma postura que sobre la mayoría de los grandes problemas nacionales: una solución simple; de ninguna forma este fenómeno tan grave, tan extendido y tan enraizado en nuestra sociedad y cultura, es simple y se va a resolver con voluntarismo.

A lo largo de su carrera política Andrés Manuel se ha mostrado con frecuencia laxo en torno al tema de la corrupción si se trata de gente cercana a él o gente que le brinda algún tipo de apoyo político.
En Coahuila hizo candidato a la gubernatura a Armando Guadiana Tijerina, un personaje anecdóticamente corrupto, sólo porque le ofrecía captar buena parte del voto antipriista para Morena. En Torreón hizo candidato a la presidencia municipal a Willy Gutiérrez, miembro de una familia que ha estado realizando todo tipo de negocios cuyo financiamiento es muy difícil de explicar, e inclusive algunos de sus miembros han estado en prisión enfrentando procesos por fraudes millonarios.

Durante su periodo como regente de la ciudad de México, su tesorero, Gustavo Ponce, se vio involucrado en un escándalo como un ludópata que viajaba cada quince días a Las Vegas y estaba teniendo problemas con el manejo de la tesorería capitalina. Fue detenido y  sujeto a proceso penal, pero después de estar casi dos años en la cárcel recibió ayuda y un amparo para enfrentar dicho proceso.

En ese mismo periodo, su principal operador político, René Bejarano, a quien había colocado como presidente de la Asamblea Legislativa de la ciudad de México (el Congreso Local) se vio también involucrado en un gran escándalo cuando fue grabado recibiendo una maleta repleta de dinero de parte del empresario argentino Carlos Ahumada.

Buena parte del financiamiento con que ha realizado AMLO periodos muy prolongados de activismo no tiene un origen claro. La izquierda ha controlado durante 20 años el gobierno de la capital del país, durante los cuales ha tenido varios escándalos graves de corrupción, pero no ha habido ninguna autocrítica seria al respecto por parte de López Obrador.

En un político de talante democrático, la autocrítica y la tolerancia hacia sus opositores son indispensables, pero el tabasqueño recurre, una y otra y otra vez al argumento del “complot” de la “mafia en el poder”, con lo cual mantiene en el imaginario colectivo que existe un grupo oscuro, un tanto o un muy tenebroso, que maneja todos los hilos del poder en México y está permanentemente en contra de él.

Atribuir toda crítica, error o escándalo a un complot de un grupo tenebroso y oculto en las tinieblas es fantástico, pero lo ha convertido en algo utilísimo, en términos de opinión pública y de medios de comunicación.

Después de tantos años de utilizar semejante recurso, lo menos que le deberían exigir sus adversarios y los medios de comunicación es que defina que entiende como “la mafia en el poder” y le ponga nombres y apellidos si tal existe, pero  eso terminaría con la imaginación colectiva de un monstruo perverso y oculto en las tinieblas del poder.

Es público que sus adversarios principales son los medios empresariales; las camarillas que integran la cúpula priista y toda la derecha, quienes manifiestan abiertamente que no desean que llegue a la presidencia, pero eso no es ningún “complot”, sencillamente son antagónicos, están en contra de sus ideas y de su estilo personal, pero en cualquier sistema democrático las derechas están en contra de las izquierdas y para ello existe la contienda electoral.

Uno de los spots electorales más memorables y exitosos que se registraron en el siglo pasado fue aquel del oso peligroso, en alusión al comunismo ruso que amenazaba al mundo libre en el periodo de la guerra fría; se suponía que Estados Unidos eran el adalid defensor del mundo libre, cuyo papel se apropiaban los republicanos norteamericanos, en contra de los demócratas, considerados como más progresistas aunque no lo fueran.

Tal vez uno de los aspectos más importantes a considerar hoy, es si Andrés Manuel ha cambiado a lo largo de los 12 años que lleva en busca de la presidencia; si ha moderado sus evidentes limitaciones y suavizado su talante populista; si puede rodearse de un gabinete competente, y si tiene un proyecto serio para consolidar la democracia, limpiar la corrupción, renovar el aparato estatal e impulsar el país hacia la modernización y el progreso.

Mucha gente especializada en el análisis político, no en la mera posición mediática donde es claro su éxito, tiene dudas y ése es el problema: que la duda persiste en torno a sus capacidades y a sus tendencias políticas reales si llega a tener el poder presidencial.

El PRI y su candidato están en un serio problema; la derecha ya mostró que el poder presidencial le quedó grande y le tocaría el turno a la izquierda, es lo lógico, inclusive se podría considerar que se está ante el ahora o nunca, pero ahí está la duda, haciendo a un lado esa barbarie de sujetar al electorado mexicano a soportar 58 millones de spots, la abrumadora mayoría de ellos insulsos, estúpidos para un ciudadano crítico y pensante.

El tema da para mucho más y es muy sano que cada candidato se sujete a un análisis y a una reflexión crítica, lo que debe ser el propósito principal de la campaña que ya ha iniciado, con su respectiva simulación de precampaña para justificar parte de esos  absurdos millones de anuncios impuestos, arbitrariamente, a la radio y a la televisión.

A manera de colofón, no se puede poner a un lado que el Andrés Manuel López Obrador de hoy tiene un problema de salud. Hace poco tiempo sobrevivió a un accidente cardiaco y está sujeto a una medicación permanente, como él mismo lo manifestó respondiendo a la propuesta de otro precandidato sobre la necesidad de realizar exámenes médicos a todos los aspirantes: “Soy hipertenso. Me tengo que tomar un coctel de pastillas diarias para que no me aumente la presión y que yo no me enoje, que no me hagan hacer corajes los de la mafia del poder”.

Su problema coronario fue delicado y sólo el parte médico, que se ha mantenido bajo reserva, puede definir cuál es su estado real de salud, pero no se puede tomar a la ligera que sí existe un problema importante.

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