Perverso sistema electoral: la democracia a modo

Por: Álvaro González


Aunque gran parte de la ciudadanía no parece consciente de ello, absolutamente todo sale de nuestro dinero. Los partidos políticos y los políticos no se gastan un peso de su bolsa, por el contrario, cobran sueldos enormes y hacen todo tipo de gastos con cargo al erario público. Las campañas cada vez son más desmedidas en tiempo y dinero, con más mañas y más complicidad del ahora INE. Y si vemos hacia adentro, encontraremos que la mayor parte de las clase política y burócrata tiene vidas enteras manteniéndose de nuestro bolsillo.

En el año 2000, con la victoria de Vicente Fox para la presidencia de la república pensamos que estábamos entrando, por fin, a una transición política que nos haría despegar como una democracia consolidada. Nada más fuera de la realidad.

Salimos de un sistema presidencialista imperial y de dominio unipartidista para entrar a una formación nueva pero sumamente insana, que nos tiene hundidos en un pantano, donde, por los intereses y el manejo de los mismos partidos políticos, se ha creado una perversa y corrupta partidocracia, que se muestra en toda su obscenidad en este proceso electoral, que está en el periodo de “intercampaña”.

-Ninguno de los tres candidatos a la presidencia de la república salió de un proceso democrático partidista, así que de origen esto dice todo de dónde estamos como democracia.-

Hay un precedente del cual es muy importante partir: todo lo pagamos nosotros y, perversamente, cada vez con más frecuencia actúa en nuestra contra.

Y no obstante que lo pagamos, es mínima nuestra capacidad de decidir sobre el sistema electoral, los partidos políticos y los gobiernos que ellos generan y dirigen. Ellos dicen el cómo y el cuándo, nosotros pagamos lo que cuesta pero también pagamos las consecuencias de su ineptitud y de su corrupción.

Lo primero que habría que preguntar es: ¿qué son realmente los partidos políticos, cómo funcionan y cómo rinden cuentas?

Los partidos políticos son organizaciones manejadas por una o varias camarillas cupulares, con frecuencia con tintes decididamente mafiosos; no son, como deberían ser, instituciones democráticas abiertas al ciudadano común en su toma de decisiones y en general en sus procesos internos.

Ningún partido hace excepción; lo mismo vale la afirmación para los panistas que para los priistas, los perredistas, los de Morena, y ya no se diga para esos partidos pequeños que son, estrictamente, propiedad de una familia, como el Partido Verde Ecologista de México, PVEM, a nivel nacional, o la Unidad Democrática de Coahuila, UDC, en el caso de Coahuila, sólo para dar dos ejemplos claros.

Cualquier simpatizante y votante de un partido político se sorprendería de lo pequeño que es el grupo que maneja realmente el partido de su preferencia y, al mismo tiempo, de lo impenetrable que es para el acceso a lo que podríamos llamar el “cuarto oscuro” de las cúpulas partidistas.

Persisten las asambleas cerradas y controladas o simuladas, pero hay casos como el de Morena, donde un hombre, Andrés Manuel López Obrador, decide absolutamente todo, lo que significa que él mismo se autonombró como candidato a la presidencia de la república, en la intimidad de su casa y rodeado de su familia, lo que democráticamente es aberrante.

En una apreciación honesta, no conozco un panista ordinario que pueda explicar cómo es que un muchacho de 38 años, Ricardo Anaya, quien tiene como principal activo una desbocada ambición de poder, controló al partido y se hizo candidato a la presidencia de la república.

Con José Antonio Meade la designación fue tan hermética que ni la misma cúpula priista está de acuerdo, lo que orienta a que volvió el ritual de la designación presidencial, por la cual el presidente en turno decide, casi en solitario, a su sucesor, aunque en este caso sólo haya designado a su candidato.

Esto nos lleva a una conclusión muy grave: ninguno de los tres candidatos a la presidencia de la republica salió de un proceso democrático partidista, así que de origen esto dice todo de dónde estamos como democracia.


EL INE Y LA PERVERSIÓN PARTIDISTA

El problema comienza más atrás de la “designación” de los candidatos. El Instituto Nacional Electoral, que está conformado a partir del cabildeo de los propios partidos y no de la sociedad civil, le otorga a los partidos políticos, a través de la Ley Electoral, una cantidad enorme de publicidad en radio y televisión para que difundan sus proyectos, programas o lo que a su entender quieran.
En el caso del PAN y de Morena, los presidentes de los partidos utilizaron casi toda esta enorme cantidad de publicidad para promover su imagen personal e, inclusive, para “defenderse” de las críticas y los señalamientos que se les imputan.

Lo anterior se puede traducir como la “preprecampaña”, algo que no se debería permitir, pero que ya se hizo aprovechando las lagunas de la Ley Electoral o la interpretación disimulada de la misma.
Luego vino lo que se supone es ya el proceso formal, que incluía “precampaña”, “intercampaña” y “campaña”, para lo cual quedaron a disposición de los partidos 58 millones de spots de radio y televisión, imponiéndoselos a las empresas del ramo.

Sólo se podía hacer “precampaña” si en un partido se daba un proceso interno de competencia entre varios o al menos dos candidatos y, se supone, que toda la publicidad estaba dirigida a los “miembros del partido”.

Nadie tenía un contendiente interno real, por lo cual se buscaron patiños que se registraran como precandidatos y cada uno de los tres se buscó el suyo, en una descarada simulación que es tolerada por el INE y, se supone, por la Ley Electoral si se manipula a la misma como se quiera.

Millones de spots saturaron el espacio radiofónico y televisivo con mensajes simplistas, absurdos y hasta estúpidos, que lo principal que han logrado es causar molestias a la ciudadanía que sí está informada y es crítica.

Al final de la “precampaña” los tres candidatos “ganaron” la contienda interna e inclusive recibieron la constancia correspondiente para poder registrarse ante el INE. La sociedad ignora casi por completo quiénes fueron los patiños que se prestaron a ser precandidatos, pero estos serán debidamente premiados.

Hasta esta fase, que en términos reales ya es la segunda, no se dio ningún proceso democrático al interior de los partidos.

Mientras los tres “precandidatos” partidistas se placeaban por todo el país, el INE le impuso a los candidatos independientes el desmesurado requisito de reunir 860 mil votos, utilizando los recursos que pudieran recabar por sus propios medios, pero sin rebasar un tope. Los votos deberían ser recabados por un medio electrónico en 17 estados y tenían como día límite el 20 de febrero, ni un día más.

Tres independientes lo lograron, pero antes fueron sujetos a un estricto escrutinio de la veracidad de los votos y a una revisión del gasto realizado, aun cuando éste proviniera de particulares. Fue evidente que el INE tenía como consigna complicarle las cosas a esos candidatos independientes, mientras muestra una manga ancha para los partidos políticos.

Se puede considerar que estos tres candidatos independientes sí provienen de un proceso democrático, a través de una participación ciudadana abierta y espontánea, con un financiamiento también ciudadano y un escrutinio riguroso del INE.

Aunque el INE hizo todo lo posible para reducir el número de votos para los independientes, la votación en conjunto de estos alcanzó los 7 millones, de los cuales es muy probable que se reconozcan una gran parte de ellos, pero se trata de votos espontáneos, no clientelares o inducidos corporativamente.

EL INE está tratando con especial dureza a Jaime Rodríguez “El Bronco”, porque es el candidato independiente que más inquieta a los candidatos partidistas. Le están esculcando hasta por debajo de las uñas, en busca de algún recurso que les permita descalificarlo, en lo que es una evidente consigna para “bajarlo” de la contienda ante del registro oficial el último día  de marzo.

Se desconoce con certeza de qué manera podrían cambiar el escenario electoral estos tres independientes, lo cual se podría apreciar una que inicie la fase de campaña y entren abiertamente al escenario de una contienda que ha sido, hasta ahora, de lo más plana en ideas y propuestas y saturada por el tema de la corrupción, donde los tres candidatos se acusan mutuamente.


ABSURDA “INTERCAMPAÑA”

Por primera vez en la historia electoral del país, el INE abrió un espacio entre las simuladas “precampañas” y lo que será ya propiamente la campaña, suprimiendo todo el mes de marzo, en el cual los candidatos podrán realizar actividades, pero no promover el voto ni realizar eventos o presencia en los medios que estén orientados en este sentido.

Esto se aprecia como un absoluto contrasentido, porque hasta ahora si algo le hace falta al país, es escuchar las propuestas de los candidatos y una exposición seria y a fondo de cómo enfocan los principales problemas del país.

Pareciera haber la intención de limitar gran parte de la campaña a spots y mensajes superficiales, caracterizados por la pobreza de ideas y de debate real. Casi toda la propaganda de la campaña de Ricardo Anaya, candidato del PAN-PRD-MC, repite una y otra vez: “echaremos a los corruptos del PRI”, pero ése es el principal problema del país y en consecuencia tal vez el más complejo de ellos, el cual requiere la modificación de una subcultura profundamente enraizada en la sociedad mexicana, no sólo dentro de los gobiernos y todo el sistema político sino de muchos otros sectores muy importantes del país.

La “intercampaña” comenzó con una guerra de acusaciones de corrupción entre el PAN y el PRI, en la cual se presume un entramado de “lavado” de dinero por parte del candidato panista, Ricardo Anaya Cortés, en negocios inmobiliarios, sobre la que tanto el PRI como MORENA piden una investigación oficial.

En esta “intercampaña” los candidatos independientes quedan también impedidos de iniciar actividades abiertas de proselitismo y no tienen acceso a la propaganda que se les da a los candidatos partidistas, en lo que es otra perversa inequidad, pues recibirán su registro hasta el día último de marzo, en medio del periodo vacacional de semana santa y pascua, lo cual les quita todo un mes; demasiado tiempo considerado las condiciones de desventaja en las que compiten en la contienda, privilegiando a los partidos.

Como parte de sus campañas, los partidos políticos están utilizando el reparto de las senadurías y diputaciones plurinominales para negociar adhesiones, cerrar pactos y “compensar” a quienes fueron desplazados como candidatos a ciertos cargos de elección popular.

Las llamadas senadurías y diputaciones plurinominales han dejado de tener justificación y sentido por lo menos desde el año 2000, en que llega la alternancia a la presidencia de la república, pero los partidos no están dispuestos a ceder por ningún motivo esta canonjía tan importante, por la cual pueden colocar a 200 diputados y más de 30 senadores sin que sean electos democráticamente.
La discrecionalidad y la incoherencia con la que se han otorgado en este proceso electoral las senadurías plurinominales han provocado una fuerte crítica hacia el líder de Morena, Andrés Manuel López Obrador, en lo que se considera como su primer error importante en la campaña, mientras que al interior del PAN también han causado malestar dentro de la cúpula que hizo candidato a Ricardo Anaya.

La pobreza que han mostrado hasta ahora las campañas, contrasta con el pragmatismo más obsceno que han desplegado los partidos políticos y los candidatos, en especial Andrés Manuel López Obrador, quien ha incorporado a una diversidad de personajes que contradicen radicalmente el discurso que maneja ante los medios, varios de los cuales han sido colocados en las primeras posiciones de la lista de senadores plurinominales.

En el caso de Ricardo Anaya, quien ha enfocado todo su discurso en el slogan de ir contra la corrupción y ahora amenazar inclusive con meter a la cárcel al propio presidente de la república si le encontrara hechos de corrupción comprobada, está obligado a ser tan transparente como la divina concepción, pero tiene encima una acusación muy delicada de lavado de dinero, a lo que ha reaccionado a gritos y con más histeria que documentos y argumentos que despejen si lavó o no dinero.

La estrategia ha sido acusar a la PGR y directamente a Enrique Peña Nieto de meter las manos en el proceso electoral, logrando inclusive que un grupo de gente reconocida dentro del medio de la intelectualidad capitalina ejerza presión al respecto.

La reputación de la PGR es demasiado mala y la habilidad de Peña Nieto para salirse de conflictos mediáticos es también malísima, pero por lo que se conoce hasta ahora Ricardo Anaya, el candidato panista, tiene que demostrar que está limpio. Si lo hace saldrá fortalecido, pero si no lo hace, por más que sobreactúe un estilo personal que ya es demasiado gesticulante y reiterativo, estará en problemas.
Todo este pantano no es el reflejo de una democracia sana y mucho menos consolidada. Tenemos, en términos objetivos, una de las campañas presidenciales más pobres en la historia reciente del país, todo avalado por un sistema electoral perverso, resultado de los intereses de las camarillas que controlan los propios partidos políticos que todos pagamos con nuestros impuestos, sin que se nos consulte absolutamente nada al respecto.

Comentarios

Entradas populares