De la cumbia al tango: estudiantes laguneras en Buenos Aires



Nacer en La Laguna, vivir en Buenos Aires. Parece que nada, ni un lejano manto de polvo, uniera la capital de la República Argentina con la ciudad grande de la Comarca Lagunera. 

Hay muchas formas de contar una ciudad y sus habitantes, pero los relatos fundacionales, a menudo, son sencillos y simbólicos. Uno de los más recurrentes es el del crisol de razas, en la que gentes provenientes de muchos lugares se unen, liman sus diferencias y generan un algo nuevo, quizá único. Otros dicen que no es tanto así. La verdad es que Torreón y Buenos Aires son ciudades que comparten ciertos relatos identitarios.

En la capital porteña de se respira todos los días un sabor a Italia: en los apellidos, en el acento rioplatense, en la pizza, en las pastas, el café. Y en el temperamento. Pero la inmigración italiana no fue la única, ya que muchos rincones de Europa también aportaron su cuota simbólica. Y la mezcla sigue en la actualidad, ya que ahora es imposible pensar Buenos Aires sin un poco de Perú y Bolivia; sin un toque de China y África.

Torreón también tuvo su relato de inmigrantes extranjeros, de chinos, británicos, libaneses y españoles. Un relato que, como bien apuntó Sergio Corona, “fue referido desde la alteridad étnica, social o económica”. Las tan recurridas “etnias” de cierto aroma elitista. Por eso también hay que mencionar las migraciones zacatecanas y de otras regiones de México, a las que tanto debemos en la cultura popular, en la gastronomía, el habla y hasta en la arquitectura.

Pocos países en la actualidad cuentan con la política de inmigración tan amable como la de Argentina. Es un país que no olvidó su pasado inmigrante y te lo hace sentir a cada palmo. Las oficinas de la Dirección Nacional de Migraciones todavía se encuentran en uno de los diques donde millones de europeos ingresaron al país a fines del siglo XIX y principios del XX. El antiguo hotel que otorgaba asistencia a los recién llegados hoy es el Museo de la Inmigración, pero en su planta baja todavía funciona la oficina encargada de gestionar los trámites de residencia. La ley que rige ahora en Argentina es de 2004 y es considerada un ejemplo por la Organización Internacional para las Migraciones.

Así, Buenos Aires y Torreón son ciudades migrantes. Y no es de extrañar que seamos viajeros por naturaleza.

¿Qué ven los laguneros que han vivido en la capital porteña? ¿Qué es lo que atrae de un país tan sui generis en Latinoamérica como la República Argentina? La comunidad mexicana históricamente ha sido pequeña en este lugar, comparada con la de otros países. En ella los estudiantes forman una parte esencial. Y no es para menos: este año la Universidad de Buenos Aires fue reconocida como la mejor de Latinoamérica según el Ranking QS, superando incluso a la UNAM y a la Universidad de São Paulo.

Con cuatro años radicando en Buenos Aires, puedo decir que, además de lagunero, ya soy un poco porteño también. Y que a pesar de que uno de los deportes preferidos de los ciudadanos es quejarse de la ciudad, esta nunca ha dejado de fascinarme. Por eso quise conversar con algunos laguneros que han viajado y han regresado para contarla. Preguntar cómo es ver Torreón desde la estancia en el puerto. Y cómo es ver Buenos Aires desde el norte. Con otros ojos, acaso renovados por la experiencia.



Un tren al sur del conurbado

En el principio fue el tren. Ése que ya sólo corre fantasmagóricamente en las vías mexicanas. Ése que se resiste a morir en las vías argentinas. Y que aún transporta viajeros a largas distancias por unos cuantos pesos.

Conocí a Nahayeli Gómez en uno de los muchos trenes que aún cruzan las entrañas del Gran Buenos Aires, ese enorme conurbado que, al estilo del Estado de México y el ex-DF, rodea la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Los dos viajábamos en la línea Roca, esa que conecta Plaza Constitución con el sur legendario. Y los dos íbamos a ver a Santos Laguna jugar un partido de Copa Libertadores contra el Club Lanús (perdieron en tiempo de compensación).

Lanús es un municipio de ese sur del conurbado bonaerense, que pareciera más cerca de lo que pensamos. No sólo porque su calle principal no es tan diferente de la avenida Hidalgo de Torreón. O porque en su equipo de futbol surgieron jugadores santistas como Izquierdoz, Marchesín o el Pulpito González. Esa cercanía también es académica, ya que desde 2007, la Universidad Autónoma de Coahuila cuenta con un convenio de colaboración con su universidad, que ha permitido a muchos estudiantes laguneros concretar intercambios o estancias académicas. Y otra vez el tren: el campus de la Universidad Nacional de Lanús ocupa antiguas instalaciones y talleres ferroviarios restaurados.

Nahayeli fue una de las estudiantes que pudieron tener un intercambio en Lanús gracias al convenio, en su caso por la licenciatura en Comunicación. Pero más adelante volvió a la Argentina, becada por los organismos de cooperación con México, para estudiar una especialización en Procesos de Lectura y Escritura en la Universidad de Buenos Aires. Hoy es profesora en la UA de C y en la Universidad La Salle, y su dedicación la ha llevado a dar una revisión profunda a los programas de las materias que se encuentran a su cargo.

“La diferencia educativa [entre Torreón y Buenos Aires] es abismal y también lo es el compromiso con la educación, la forma de concebir la política, el estilo de vida”, dice, en la conversación que tenemos a la distancia, por los medios digitales. “También hay una idea de compartir la cultura, de vivir cosas distintas, de luchar por los derechos civiles, laborales y humanos. Las personas en Buenos Aires son más directas y exigentes, en cambio en Torreón, y puedo hablar de México en general, las personas son más condescendientes”.

Nahayeli y yo coincidimos en que Buenos Aires es una ciudad de contrastes. Por un lado es muy distinta a cualquier otra ciudad de México, con avenidas que recuerdan a los boulevards parisinos, pero que a la vuelta de la esquina te recuerda que no ha dejado de ser Latinoamérica, con las mismas problemáticas sociales.

“Tiene un ambiente más cosmopolita; no sé si es por los edificios, la vibra, los colores, o la gente. Pero también me sorprendió el número de indigentes, me parecía muy conflictivo ver a familias enteras durmiendo en las calles”.

La especialización que Nahayeli cursó forma parte de una cátedra de la UNESCO para mejorar la educación en América Latina, por eso no lo pensó dos veces para volver y aportar a la docencia y a la investigación en las áreas de ciencias sociales y humanidades en La Laguna. Pero siempre hay un algo de las calles porteñas que lleva guardado en la memoria y en el afecto, sobre todo Villa Urquiza, uno de los barrios donde vivió, de casas bajas, hermosos parques y ritmo de vida relajado.


La educación, la política y el teatro

Hay una frase popular que dice que hay más teatros en Buenos Aires que en Nueva York. ¿Cuánto habrá de mito y cuánto de realidad? Una nota de La Nación, en 2008, lo afirma basándose en datos de distintos organismos. Lo verdadero es que ambas son ciudades esenciales para la escena mundial, donde el teatro independiente apuesta siempre por renovar su lenguaje.

También Buenos Aires tiene su Broadway. La Avenida Corrientes bulle cada noche con una generosa oferta de teatro comercial, musicales y costosas producciones de dramaturgos internacionales. A la salida siempre espera una grande de mozzarella recién salida del horno en alguna de sus legendarias pizzerías: Guerrin, Los Inmortales, Las Cuartetas, Banchero.

Pero como Broadway también tiene su off, a Buenos Aires no le podía faltar su Off-Corrientes. Para eso hay que internarse en los barrios de la capital porteña, sobre todo el Abasto y Boedo. Aquí encontramos la meca del teatro independiente de la Argentina, en un circuito al que nunca le faltan espectadores. Uno de los foros más populares de la zona es el Teatro Ciego, cuyas propuestas, como su nombre lo indica, se caracterizan por la ausencia de luz.

Estefanía Marrufo es torreonense, tiene 24 años y habla emocionada del Teatro Ciego. “Podría hacer una oda al respecto”, dice. Y es que en los seis meses que estuvo en Buenos Aires pudo darse cuenta de la enorme oferta cultural de la ciudad. Pero no sólo en ese aspecto encontró contrastes con La Laguna. También menciona la importancia de los espacios públicos como plazas y parques; el nivel y bajo costo del transporte y el fomento del uso de la bicicleta, ya que cuenta con un sistema de préstamo público y una amplia red de “ciclovías”.

Estefanía vio bastante teatro en Buenos Aires, pero no tanto como hubiera deseado. Y con razón: Estefanía es actriz, además de ocupar este año el cargo público de Coordinadora de Teatro en el Instituto Municipal de Cultura y Educación, y ha participado en varias obras con distintas compañías locales (Valentina y la sombra del diablo, Matamos lo que amamos, Inventario de fantasmas). Y para una actriz no hay nada más seductor que visitar una de las mecas teatrales del mundo. “Me faltó tanto tiempo, y más tango”.

Pero la mayor sorpresa de su estancia, fue descubrir la calidad de las universidades públicas. Estefanía también es socióloga (en 2017 entregó su tesis de licenciatura en la UA de C), y en su momento también quiso irse de intercambio académico. Entre sus opciones se encontraban Cuba y Colombia, pero por distintas circunstancias no se pudieron concretar, y al final el destino fue la Argentina. Como la Universidad de Lanús no cuenta con carrera de Sociología, no pudo apoyarse en el convenio. Pero una opción de “movilidad independiente” le permitió acceder a una estancia en la Universidad de Buenos Aires.

“La experiencia me ayudó a tener un panorama más amplio de culturas distintas confluyendo en un mismo espacio”, dice. “Es un país en donde te encuentras con personas de muchas nacionalidades distintas y en el cotidiano te nutres de esas maneras distintas de ver y hacer las cosas”.

En sus redes sociales hay recuerdos, como la infaltable foto con la estatua de Mafalda en San Telmo, en el estadio de Boca Juniors o en la Plaza de Mayo, donde se mantiene vivo el recuerdo de las Madres, que con pañuelo blanco en la cabeza siguen buscando a sus hijos desaparecidos durante la dictadura. Es precisamente esa conciencia política y social que late en el temperamento argentino una de las cosas que más le gustaron y que piensa que sería valioso experimentar en México. Pero también hay otras:

“Una mejor planeación del espacio urbano, así como una apuesta mucho más pensada en lo referente a educación y promoción de las expresiones artísticas y culturales, derechos básicos para el desarrollo de la calidad de vida de los ciudadanos. Un mayor compromiso ciudadano ante las problemáticas cotidianas. Y también me encantaría tomar autobuses públicos urbanos pasada la medianoche, como allá.”


La necesidad enorme de volver

Hace algunos años vi un anuncio publicitario en el subte (metro) promoviendo las carreras universitarias de ingeniería en Buenos Aires. Sí, suena increíble, pero la Argentina tiene un déficit de ingenieros. Muchos de ellos no se titulan, ya que encuentran buenos trabajos sin haber terminado la cursada. Es una situación extraña para uno que viene de Torreón, donde las ingenierías dominan la limitada currícula de las universidades locales. En Argentina son las ciencias sociales (sobre todo el derecho) las que cuentan con gran número de matriculados. Las humanidades cuentan con una buena estima y, hay que aceptarlo, Buenos Aires tiene un encanto casi literario que parece justificarlo. Pero eso no significa que la ciudad no sea un polo atractivo para otras profesiones.

A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, la Argentina potenció su economía gracias a las exportaciones de cereales y de carne. De ahí el título de “El granero del mundo”. Y no es que en cien años la cosa haya cambiado demasiado. La carne argentina es muy apreciada en el mundo entero y se ha convertido en un atractivo turístico más: venir a Buenos Aires sin probar un asado (carne asada) es como no haber venido.

Esta fuerza de la ganadería ha ayudado a consolidar áreas como la veterinaria. Yareni López tiene 31 años. Es egresada de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, y con la ayuda de un financiamiento del Banco de México pudo cursar una especialización en Diagnóstico de Laboratorio de Enfermedades Infecciosas en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente trabaja en un laboratorio en Monterrey, pero no deja de pensar en el sur.

“En Buenos Aires aprendí a vivir conmigo, a disfrutar caminar por la ciudad, a visitar algún museo, ir al cine o al teatro, a estar encerrada en mi habitación el día entero sola y pasarla bien. La ciudad te lo permite; el que sea una ciudad tan segura te brinda esa independencia y al mismo tiempo echar raíces”.

Yareni vivió durante dos años en el barrio de Balvanera, compartiendo un departamento, adaptado en lo que fuera una de las antiguas mansiones del barrio, que todavía luce un poco del esplendor que llegó a tener en antaño.

“Balvanera es un barrio activo noche y día, pero al mismo tiempo es bastante tranquilo, es un barrio súper importante en la historia de la ciudad, en donde convergen culturas como la china, árabe, judía, boliviana, dominicana, pero, sin perder el toque porteño. Es un barrio amado y odiado.”

Yareni me habla con pavor por el verano porteño. Y la entiendo a la perfección. Si para los laguneros, el calor de Monterrey es insoportable, un enero o un diciembre en Buenos Aires (en el hemisferio sur las estaciones están invertidas) es una experiencia desgastante por la excesiva humedad. Es una de las pocas cosas que no extraña. ¿Pero qué es lo que más te gusta?, le pregunto. La respuesta no podría ser más maravillosa:

“Buenos Aires es una ciudad que te abraza desde el momento que llegas. No sé cómo funciona, pero yo me sentí parte de la ciudad a la semana de haber llegado, y ahora que estoy lejos siento una necesidad enorme de volver.”

Tiempo sobra, porque veinte años no es nada, diría el tango. Siempre se puede volver.



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Reportaje publicado en nuestra edición #309, junio de 2017.

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