A morir a los desiertos: Marta Ferrer y su retrato del cardenche

Mejor documental en el 30° Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse

Por: Lucila Navarrete Turrent


Foto: cortesía de Marta Ferrer

Al caer la tarde las vías del tren comienzan a vibrar. Un vagón detrás de otro interrumpen la tranquilidad del atardecer, el canto de una parvada de pájaros sobre el horizonte, blanco y brillante. Detrás del tren, una hacienda, y más acá, desde la sala de cine, el espectador se deleita con el silencio que se recobra cuando el tren toma su curso hacia Otto y después en dirección al sur. 

Corte A: En el interior de una casa un hombre mayor se niega a cantar, su mujer intenta refrescarle la memoria, le habla del homenaje que recibió hace varios años en Lerdo por su trayectoria como cardenchero. Afuera se escuchan ladrar los perros; un gallo se despide del día que está por terminar. Y mientras tanto, el eco de un coro de voces a capella se instala en el oído del espectador.

Corte A: Un hombre mayor lee unos versos que ha compuesto para su difunta mujer: “Yo sólo estoy aquí / no pude detenerte / porque era mi destino / y te tenías que ir / dejaste en mi recuerdo / ya no seré feliz / porque el Creador del cielo necesitaba un alma / y te ha escogido a ti. / Prometo que en el cielo / cuando me lleve a mí, / buscaré entre las almas / y ahí donde te encuentre / te vuelvo a ser feliz”.

Corte A: Con picos y palas unos hombres hacen caer un monolito de mármol desde lo alto de un cerro. Corte A: Es de noche y un conjunto de hombres se disponen a cantar afuera de una casa: “A las dos de la mañana / salgo a buscar a mi amor / al momento que la encuentro / ella me dice que no / se agachaba y se sonreía / pa’ que le rogara yo / qué esperanzas que le ruegue / ese tiempo se acabó. / Y ella lloraba ¡ay sin abrigo! / y ella lloraba / ¡ay sin consuelo!”. 

No hay documento artístico que se mimetice a cabalidad con el universo musical del desierto lagunero, con el hálito desgarrador del canto cardenche como lo hace A morir a los desiertos (2017), el más reciente largomentraje de la joven cineasta de origen catalán Marta Ferrer. Galardonado como mejor documental en el 30° Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse, el trabajo de Ferrer es un viaje hacia lo más profundo de una tradición poética y musical característica de ciertas zonas rurales de la Comarca, donde hace más de cien años los peones de los hacendados se sentaban al pie de la planta del cardo a expresar sus desdichas, sus historias de amor y desamor con el deseo de huir momentáneamente de las condiciones de opresión a las que los sometían en la época del auge algodonero y del ferrocarril.

Tal como lo muestra esta empática oda al paisaje y a la poesía popular de Sapioriz, Durango y La Flor de Jimulco, Coahuila, el canto cardenche aún se transmite de generación en generación, y constituye un instrumento de cohesión colectiva que continúa reflejando las condiciones adversas que los habitantes del desierto han tenido que enfrentar a través del tiempo.  No en vano casi siempre es dramática la tesitura de las tres voces (primera, de arrastre y contralta) que conforman esta peculiar expresión coral que prescinde de instrumentos.“Yo ya me voy / a morir a los desiertos / me voy dirigido / a esa estrella marinera. / Sólo en pensar / que ando lejos de mi tierra / nomás que me acuerdo / me dan ganas de llorar”, reza la canción que intitula al documental.

En entrevista para este espacio, la directora señala que esta manifestación le atrajo en particular por su manera de reflejar una época histórica. “El canto cardenche es el transmisor de un contexto, de cómo vivía la gente, es el sentimiento de una comunidad. Siento que lo valioso de eso es que no es algo globalizado, sino algo muy específico que refleja todo un territorio y una época. Pienso que la música y el arte siempre hablan de la historia”.


UNA MIRADA ANTROPOLÓGICA

La aguda compenetración con el entorno, la cotidianidad que cada toma comunica, la vida rural desde sus adentros, son algunas de las características del método antropológico que Ferrer proyecta desde su primer documental, El Varal (2009), y que en este último lleva a su máxima expresión. “Para mí es fundamental convivir con la gente, generar cierta confianza, observar su cotidianidad”, comenta Marta. “A mí lo que me gusta es imaginarme escenas a partir de lo que yo ya he observado anteriormente. Yo pienso en mi trabajo como un intercambio entre los personajes y yo. Por eso hicimos tantos viajes y convivimos tanto con la gente”.

Su método consiste en observar y pasar largas temporadas para conocer y compenetrarse con la realidad. “Yo suelo imaginar escenas a partir de lo que he visto. Sí hago un guión porque me ayuda a estructurar las ideas, pero casi siempre cambia. Yo creo que lo más difícil es encontrar un equilibrio entre ser fiel a tus ideas y estar abierto a que eso pueda cambiar y darle la bienvenida a las cosas del azar que te pueda dar la realidad. La escena del tren al inicio, en la que están jugando dominó fue bastante ficcionada, pero la hice a partir de algo que pasa todos los días. Hay otras escenas que fueron totalmente improvisadas, como la del joven que estaba con un estéreo sobre las vías. Estábamos haciendo unas tomas y de pronto salió este chavo y aprovechamos el momento”.

El proyecto inició en el 2012 cuando en un viaje a Barcelona un amigo le mostró unos videos en Youtube del canto cardenche. “Aquella noche soñé con tres bocas que me cantaban al oído y me desperté con la idea de hacer una película. No tenía ni idea de cómo lo iba a hacer pero ahorré un dinero junto con el sonidista Adrián Pujol, para irme a Torreón”, precisa Marta, quien realizó la primera visita a Sapioriz en noviembre de 2012.

“Estuvimos algunos días ahí y conocimos fácilmente a los cardencheros, fue muy maravillosa la apertura y la disposición que hubo de parte de la gente de Sapioriz desde un inicio.” Un año después Ferrer visitó por primera vez La Flor de Jimulco, a pesar de que le habían insistido que en ese lugar ya no habían cantores. “Por algunas fotos que yo había visto de la hacienda y las casonas de La Flor me daba la impresión de que tenía que haber cardencheros. Yo sabía que tenía que ir. Cuando nos dieron el apoyo para desarrollo del IMCINE (Instituto Mexicano de Cinematografía) visitamos por primera vez La Flor y así fue así como conocí a Refugio Agüero y a Humberto Aguilera. Yo siento que el cardenche lo conocí a profundidad en este ejido.”

En el año 2014 Ferrer consiguió el apoyo de FOPROCINE, con el que pudo permanecer un mes entre La Flor y Sapioriz. “Era la primera vez que yo tenía tanto presupuesto para hacer un documental, aunque al final no era nada porque como yo suelo permanecer mucho tiempo en los lugares, eso siempre cuesta. Yo no he cobrado un peso por esta realización. Hacia el final logré que el productor Daniel Gruener nos apoyara para terminar la post producción. Todo se pudo hacer pero sí estuvimos muy justos de presupuesto,” cuenta Ferrer.



EL CARDENCHE FEMENINO

El canto cardenche es una práctica esencialmente masculina. En sus orígenes los hacendados contrataban hombres para disponer de su fuerza física. Con el paso del tiempo, y tras la desaparición de este modelo económico y el reparto agrario durante el cardenismo, el cardenche pasó a formar parte de una tradición colectiva, casi ritual, exclusiva de varones, que ha ido cambiando en su manera de interpretarse. Sin embargo, el ámbito privado muestra otra cara de la tradición. Las mujeres, casi siempre destinadas a las tareas del hogar, han perpetuado una memoria musical profundamente íntima: cantando suavecito mientras cocinan para los varones que allá afuera interpretan y beben sotol; tarareando mientras procuran a los hijos.

A morir a los desiertos muestra esa otra cara de la tradición al retratar a dos entrañables ancianas sentadas sobre una cama que cuentan sobre su experiencia de vida y su contribución al canto. “A mí me causó cierta contradicción personal hacer un documental en el que los protagonistas fueran solamente hombres, pues este canto es masculino”, confiesa Marta, “pero yo quise mostrar a las mujeres como yo las observaba cotidianamente: adentro de la casa, como en la escena en la que está el taller de canto afuera y ellas están adentro en silencio.” La cineasta considera que le impactó que ellas casi siempre permanecieran en interiores y que los varones fueran los portavoces. A diferencia de su primer documental, El Varal, en el que las mujeres guanajuatenses que lo protagonizan se caracterizan por su gran capacidad de decisión en el seno de un contexto emigratorio, “las mujeres de Sapioriz y de La Flor no se atreven a decir que son cardencheras”, señala Marta, “por eso la escena de las abuelitas cantando es entrañable porque en esa infinidad del cuarto ellas hablan de su vida sin tapujos. Es un poco como la pequeña revolución dentro de su casa porque aunque las limitaran, a ellas no les importó y siguieron cantando.”


Foto: cortesía de Marta Ferrer

ENTRE LA TRADICIÓN Y LA CULTURA DE MASAS

En los últimos años la canción cardenche ha cobrado notoria visibilidad sobre todo a raíz de las gestiones para la construcción del Recinto al Canto Cardenche en el ejido de Sapioriz. A ello se suma el interés que ha adquirido en foros televisivos y escenarios nacionales e internacionales, como la Ciudad de México, Washington, Nueva York y París. Incluso, uno de los atractivos que la cinta tuvo al recorrer varios estados durante la reciente edición del Festival Ambulante fue cerrar las proyecciones con la participación de los cardencheros Guadalupe Salazar, Fidel Elizalde y Refugio Agüero.

Músicos con formación clásica, como El Coro Acardenchado, dirigido por Juan Pablo Villa, o la cantante oaxaqueña Lila Downs y los raperos laguneros Caballeros del Plan G, han retomado los tonos, las letras y el estilo de la tradición para concebir nuevos registros musicales y hacer posible otras formas de circulación masiva de un patrimonio que parecería condenado a la extinción en su lugar de origen.  Sobre esta tensa relación entre tradición y cultura de masas Ferrer comenta que la película hace esa pregunta hacia el final.

“Yo pienso que el mundo evoluciona y que las tradiciones son reflejo de un momento, pero si un contexto cambia, la tradición también lo hace. Lo que hace el Coro Acardenchado o los Caballeros del Plan G es dar una herramienta para dar a conocer el canto cardenche y esto es interesante porque el hip hop jala a los más jóvenes, que suelen ser los que valoran menos este tipo de cosas. Pero si los jóvenes escuchan que los raperos traen letras y ritmos de estas tradiciones pues entonces eso es rescate y eso hace posible que ellos valoren.”

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