López Obrador: la república feliz

OPINIÓN POLÍTICA
#méxico2018

Por: Álvaro González


Todas las campañas electorales, en gran medida, han estado siempre sustentadas en hacer promesas y en difundir mentiras, pero se daba por sentado que había ciertos límites y los políticos deberían apegarse al enfoque realista de los problemas de la sociedad que pretenden gobernar. Todo lo que va del proceso electoral por la presidencia de la república se ha centrado en un circo mediático, donde los partidos políticos han secuestrado inclusive la libertad de manifestar sus ideas políticas a la sociedad civil, por lo menos en la radio y la televisión, mientras nos agreden con una montaña de promesas y de mentiras difundidas gratuitamente por medio de 58 millones de spots.

Pareciera que la experiencia de Donald Trump no ha sido suficiente para aprender que incluso la democracia más importante del mundo puede ser manipulada y puede también equivocarse si le mueve a través de sus resentimientos, sus prejuicios, sus miedos o su apatía e irresponsabilidad.

Como si se tratara de equipos de futbol, gran parte de los ciudadanos parecen moverse como fanáticos que se han casado con un determinado candidato o partido y han bloqueado su capacidad de crítica, de reflexión y de análisis.

Si el ser culturalmente muy sentimentales es una de nuestras características, en esta ocasión las cosas parecen llevadas al extremo, lo que no sería delicado si no estuviéramos ante dos graves situaciones: una problemática severa del país en varios de sus aspectos fundamentales, como seguridad interior, impartición de justicia, crecimiento económico, derechos humanos, entre otros y, al mismo tiempo, un problema igual de serio en la incompetencia de los liderazgos políticos y la descomposición interna de los partidos, los cuales hoy dominan toda la vida pública nacional.

El principal problema del país no es la corrupción vista de forma abstracta, ni la terrible inseguridad pública, ni el estancamiento económico, ni el accidentado camino hacia una democracia desarrollada. Detrás de todos estos problemas hay uno mayor: la descomposición de la clase política en todos sus ámbitos, lo que ha llevado a la degradación de la vida pública y del ejercicio gubernamental, y en consecuencia a la descomposición de las instituciones.

El sistema político del país está enfermo, pero el origen de esta enfermedad es el contagio de eso que podemos llamar clase política.

Y la gran desgracia es que ningún partido escapa a esta descomposición que se traduce como corrupción, cinismo, ausencia de la ética más elemental, explotación del ejercicio del poder y en consecuencia la búsqueda del mismo como un fin en sí mismo.

La derecha, a través del PAN, desplazó al viejo partido, pero sin tener un proyecto e implementar un cambio de los vicios acumulados por 70 años; el viejo partido gobierna de nuevo y trata de hacer cambios que llama “estructurales”, pero acrecienta otros males mayores, mientras la izquierda se extravía en luchas internas y se hunde de manera muy temprana, demasiado temprana, en la corrupción.

Como consecuencia para este 2018 emergen tres partidos políticos, coaligados con otros partidos menores, desquebrajados internamente, perdidos en el pragmatismo más rapaz y sumidos en una grave crisis doctrinal e ideológica; en suma, son organizaciones descompuestas y moralmente enfermas.

Como históricamente ha sucedido siempre en Latinoamérica a lo largo de los últimos cien años, en medio de las grandes crisis políticas y sociales suelen darse tres posibilidades: el surgimiento de caudillos populistas que capitalizan la situación, la aparición de regímenes dictatoriales y, sólo en poquísimos casos, el surgimiento de grandes líderes republicanos y demócratas.

Ese ha sido el drama de Latinoamérica y del por qué incluso sus países más privilegiados no salen del subdesarrollo en todos sus sentidos. Para los politólogos internacionales resulta difícil de explicar cómo países extraordinariamente ricos, como México, Argentina o Brasil, parecen caminar históricamente dando un paso adelante y un paso atrás.


PROMESAS Y POPULISMO

En una situación como la que está viviendo México, la campaña electoral más exitosa es la que se finque en el populismo. Dadas las condiciones es relativamente fácil montar una campaña populista exitosa porque todos los ingredientes están dados.

El gobierno priísta de Peña Nieto tiene el nivel de aprobación más bajo de la historia moderna. El partido de la ultraderecha, PAN, se está devorando a sí mismo, igual que lo hizo la izquierda.

Todo es propicio para el surgimiento de un caudillo mesiánico, lo cual no es un cliché ni un adjetivo recurrente sino una realidad que no la ve el que no quiere.

López Obrador tiene 12 años en campaña, por consecuencia lo conoce todo el país. 

¿Cuándo en la vida política moderna del país un candidato a la república se había asumido a sí mismo como el cuarto presidente más grande de la historia nacional y afirma, categórico y ante los medios, que será semejante a Benito Juárez, a Francisco I. Madero y a Lázaro Cárdenas?

Cuando se le cuestiona si no tiene dudas razonables al hacer ese tipo de afirmación, no sólo reafirma lo dicho sino que añade que él encabezará el cuarto gran periodo de la historia de México.

Enseguida se convierte, literalmente, en mesías: predica amor, paz y felicidad para la república, afirma que él tiene la solución a todos los problemas que nos aquejan y, para reconfirmar su mesianismo, se confiere el poder de “perdonar” a todo aquel que venga a él, no importando sus “pecados” políticos ni su pasado, por más aberrante que éste sea.

Lo mismo “perdona” a líderes sindicales corruptos, que a ex dirigentes nacional del panismo, aun aquellos que provienen de la extrema derecha yunquista, del priismo más oscuro o del fundamentalismo religioso. Todos son no solo bienvenidos sino beneficiados de la nueva república de la felicidad y el amor.

López Obrador posee la verdad y quien le cuestione está tramando un complot y debe ser condenado y silenciado, o bien ridiculizado ante el pueblo que él representa y lo ama, pero este “pueblo” no debe estar organizado, mucho menos ser pensante y crítico, de ahí que manifieste su desconfianza hacia las organizaciones de la sociedad civil.

En la cima del monte de las bienaventuranzas, él multiplica milagrosamente los panes y los peces y los entrega a la multitud. Todos alcanzan y aun habrá sobrantes: los maestros serán liberados de la reforma educativa; los jóvenes recibirán una beca generosa; los desempleados recibirán un subsidio hasta encontrar trabajo; los ancianos verán multiplicada su dádiva mensual y todos estarán incluidos; todos verán cómo bajan los precios de las gasolinas; los delincuentes y criminales más peligrosos del mundo serán llamados a las aguas del Jordán, donde se convertirán a la paz y recibirán su bendición; la corrupción se terminará de manera milagrosa a partir de su comportamiento personal; el presupuesto público se multiplicará y alcanzará para todo, sin necesidad de aumentar los impuestos; todos los empleados estatales recibirán un incremento a sus sueldos; el petróleo volverá a las manos de todos los mexicanos; los campesinos volverán a sembrar su maíz y serán cerradas las importaciones; la riqueza nacional será redistribuida con equidad.

Las puertas hacia el resto del mundo se cerrarán para dar paso a un proyecto mexicanista, juarista, cardenista, revolucionario. Juntos haremos historia y caminaremos hacia la grandeza y la bienaventuranza, porque no sólo los bienes materiales llevan a la felicidad.


Pero López Obrador es más caudillo que mesías y como caudillo es iracundo, intolerante, autoritario, así que en esta campaña “sus asesores” (él mismo lo manifiesta así públicamente) le han indicado que no conteste a ninguna provocación, que él puro amor y paz; también le han aconsejado que no debata, porque además de que no es bueno haciéndolo, él es el puntero abrumador en las encuestas.

Él sigue puntualmente el guion, pero cuando se evidencia en el primer debate, se vuelve irritable, ofensivo, comienza a decir lo que realmente piensa y recurre a la teoría del complot y la mafia en el poder, sólo que en su enojo y para preocupación de sus asesores le comienza a poner nombres a “la mafia en el poder” y resulta que son los principales empresarios del país, a quienes acusa de financiar a sus enemigos, de ser el problema de los grandes males del país, de siniestros, traficantes de influencias, parásitos, de ya haberse enriquecido demasiado, de ser los dueños del poder, cuyo dios es el dinero. El mal nacional, en pocas palabras.

Sus palabras evidencian una animadversión profunda, ya no son parte del libreto de campaña de sus asesores sino de su verdadera idiosincrasia.

La respuesta no se hace esperar y todo el sector empresarial cierra filas en su contra y fija postura, entonces, consciente de que ha cometido un grave error, saca un pañuelo blanco y proclama amor y paz.

En este choque de trenes, evita incluir a los empresarios de la radio y la televisión, a quienes ofrece que respetará las concesiones, en lo que es un acto de gracia pero también un mensaje velado de la vulnerabilidad de depender de una concesión estatal, y él ya actúa como presidente de la república.

Como parte de la estrategia de campaña, López Obrador integró a su equipo de campaña a gente muy cercana a Televisa y TvAzteca; tan cercana como el suegro de Emilio Azcárraga Jean, Marcos Fastlicht, multimillonario del sector inmobiliario, colaborador en temas de derechos humanos de los gobiernos de Vicente Fox y nada menos que Felipe Calderón.

Las televisoras pasan por una situación económica y de audiencia difícil (han perdido ingresos y audiencia, en una tendencia que se va a agravar), por lo que buscan apostar por el que consideran como el virtual ganador de la carrera presidencial, por lo menos eso repiten todos los días, al colocarlo con una distancia enorme en relación a sus adversarios. La estrategia publicitaria es el “ya ganó”, “es imposible que lo alcancen”.  

Los críticos son intelectuales “fifí” que trabajan para la mafia del poder y, como ya se dijo, la sociedad civil organizada le provoca desconfianza, dicho literalmente por él mismo. El premio Nobel de Literatura peruano y pensador de derecha, Mario Vargas Llosa, quien ha hecho fuertes críticas al populismo de López Obrador, es descalificado como “un buen escritor, pero un mal político”; la investigadora y doctora en teoría literaria Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del candidato, es más radical y añade: “además como escritor no es la gran cosa”, cuando la historia le dio la razón al nobel. Su adversario por la presidencia de Perú en 1990, Alberto Fujimori, duró diez años en el poder y hoy está en la cárcel donde pasará el resto de su vida, no por ejercer un gobierno populista pero sí por corrupción y actos de lesa humanidad.


ESCENARIOS POSIBLES

El comportamiento contradictorio entre lo que es la actuación de campaña y lo que López Obrador realmente piensa, siente y desea hacer como posible presidente de la república es difícil de descifrar; no obstante, hay varios escenarios posibles.

Su referencia más inmediata es el gobierno socialista de Lázaro Cárdenas del Río, presidente de México de 1934 a 1940, quien orientó su gobierno con base en la teoría económica de John M. Keynes, quien básicamente propone un modelo económico donde el estado es el rector y, en consecuencia, el desarrollo económico y el bienestar social dependen de lo que haga o deje de hacer el estado.

Al adaptar el keynesianismo, Lázaro Cárdenas implementa lo que se conoce como el “crecimiento hacia dentro”, que siguieron varios de los presidentes que le prosiguieron en el poder.

Aunque el candidato de Morena está muy distante de ser Lázaro Cárdenas y el México y el mundo de hoy son radicalmente distintos a los de 1934, que coincide con el inicio de la segunda guerra mundial, López Obrador podría orientar su gobierno siguiendo varias políticas del cardenismo.

Esto implicaría la cancelación de la reforma energética, para regresar al control estatal de PEMEX; la utilización del gasto público para beneficiar a los empleados del Estado (con Cárdenas el Estado creció 100%); la canalización de subsidios y crédito para tratar de activar el crecimiento económico del sector rural, de los pequeños y microempresarios y de la infraestructura del país, con el propósito principal de general empleo.

Como el Estado no puede incrementar los salarios que pagan las empresas privadas, aunque incremente por decreto los salarios mínimos (Lázaro Cárdenas creó precisamente la Ley del Salario Mínimo), puede hacer masivo el otorgamiento de subsidios directos a la población, lo cual ya ha comprometido en su campaña, con una supuesta disposición de 500 mil millones de pesos que provendrán de la eliminación de la corrupción gubernamental y que alcanzarán para todo.

Peña Nieto, que encabezó un gobierno con un gasto público demasiado elevado, heredará una deuda externa equivalente al 50% del PIB, por lo cual recurrir al endeudamiento será algo muy delicado para la macroeconomía, pero técnicamente el Estado no puede gastar lo que pretende López Obrador sin recurrir al endeudamiento, pues además ha ofrecido bajar impuestos.

Para consolidar su caudillismo, López Obrador puede, y esto es algo que se considera inminente, crear una clientela política a través del subsidio de los sectores más pobres del país. Lázaro Cárdenas lanzó el reparto agrario y la expropiación petrolera, pero recurrir a la expropiación sería una medida extremosa, aunque una de las principales caras de Morena, Paco Ignacio Taibo II, ha hablado de la expropiación de las empresas y de muchas otras aberraciones de corte socialista. Lázaro Cárdenas expropió también los ferrocarriles y los convirtió en una empresa paraestatal.

Se da por sentado que ninguno de los grandes sindicatos y sus líderes serán tocados; por el contrario se les alineará a la formación del consenso del caudillo.

Este es un escenario en donde López Obrador se apegará al keynesianismo que adaptó Lázaro Cárdenas, pero esto es difícil en una economía como la que tiene hoy el país y el mundo. Por ejemplo López Obrador pretende que el TLC con Estados Unidos y Canadá se firme bajó los términos que él establezca, pero es posible que éste sea firmado antes de la elección del 1 de julio, lo que generará un conflicto entre el “mexicanismo” de López Obrador y el modelo de apertura y de libre mercado. Él entiende por nacionalismo el retorno al modelo de crecimiento hacia dentro.

En lo referente a la economía estaríamos ante un choque de trenes entre las tendencias de López Obrador y las tendencias de la economía internacional, con el añadido de que el tabasqueño es un político con un muy bajo conocimiento del funcionamiento real de la economía y mucho menos de la economía global.


LA SOMBRA DE ECHEVERRÍA

Otro escenario muy posible de llegar López Obrador a la presidencia es una mescolanza entre el régimen de Luis Echeverría y las políticas del cardenismo.

Esto implica muy alto gasto público al retornar a la creación de empresas paraestatales; fomentar el asistencialismo bajo un esquema de clientelismo político; romper las reglas de la libertad de mercado e intervenir el Estado en la regulación de precios, inversión y política monetaria; monopolizar la inversión en infraestructura; tratar de parar la apertura comercial y aumentar el tamaño de un estado que ya es demasiado costoso para nuestra economía.

El gobierno de Luis Echeverría (tiempo en el que López Obrador inició su carrera política a mediados de la década de 1970, colaborando en la campaña del poeta Carlos Pellicer para senador de la república por Tabasco) se considera como el principio del desastre que terminó con el denominado desarrollo estabilizador o, como se le denominaba también, “el milagro mexicano”.

Otro escenario, también posible, es algo parecido, no semejante, a lo que pasa en Venezuela. Morena no es una formación política que posea una estructura, una doctrina indispensable o tan siquiera un ideario coherente y un proyecto de gobierno. Es un movimiento donde se da cita una mezcolanza de personajes y de tendencias absurda, imposibles, que hoy funciona porque se trata de propagar una imagen y de capturar todo el voto posible, pero en términos de partido es una enorme desorden, donde el único punto de cohesión es el caudillo y el oportunismo para llegar junto con él al poder. Es la tradicional “cargada” que se daba en el PRI de antaño, solo que potenciada como nunca  se había visto. 

Están dadas las condiciones para el desorden, la incoherencia, la contradicción. ¿Cómo poner en la misma campaña política a Tatiana Clouthier, Manuel Bartlett, Manuel Espino, Napoleón Gómez, Paco Ignacio Taibo II, René Bejarano, Lourdes Padierna, Marcelo Ebrand y demás? Eso es algo que parece, y es, imposible a menos que se deseé emprender por segunda vez la obra de la Torre de Babel y ya sabemos en que termina esa historia.

El coordinador de la elaboración del “Proyecto de Nación 2018-2024” es el empresario Alfonso Romo Garza, quien fue un acérrimo enemigo de López Obrador en campañas anteriores. 

Decepcionado en sus expectativas por el panismo y venido a menos como uno de los hombres más ricos del país, se suma a López Obrador desde el 2012. Un empresario regiomontano típico y, por supuesto, pragmático y resentido. 

La campaña electoral de López Obrador está fincada es una estrategia sencilla y muy eficaz, así como su discurso. Ideas simples, planteamientos diseñados para impactar mediáticamente, como venderle a Donald Trump el avión presidencial que supuestamente costo 7,500 millones de pesos o quitarle las pensiones a los ex presidentes. Tonterías que aprovechan el enojo social. El avión costo menos de la mitad, lo va a necesitar como presidente, además de que los aviones tienen una vida útil de décadas, pero es una tontería que suena bien. 

Lo de las pensiones de los ex presidentes es otra tontería, cuya eliminación o vigencia no impacta en las finanzas públicas, pero también suena bien y genera simpatía.

Su afirmación es que hay un equipo de especialistas, de intelectuales y de profesionales que estudian los problemas nacionales para encontrar las mejores soluciones. ¿Quiénes son esos intelectuales, especialistas o expertos que están trabajando con tal propósito? Su obligación es presentar como candidato lo que pretende hacer como presidente, para eso es la campaña.

Con la corrupción sucede lo mismo. Los únicos dos planteamientos concretos que salieron del primer debate fue la eliminación de fueros a funcionarios y gobernantes, así como la creación de un fiscal nacional anticorrupción. La eliminación del fuero fue aprobada en la Cámara de Diputados, para luego perversamente ser rechazada en el Senado. 

En el caso del fiscal anticorrupción López Obrador pretende que lo coloque el presidente de la república y el planteamiento más sensato es que sea totalmente independiente, inclusive sujeto a elección abierta por parte de la ciudadanía. 

Fuera de eso la corrupción terminará por el ejemplo que pondrá López Obrador con un comportamiento honesto y una austeridad republicana, pero ni él es Benito Juárez ni el México del benemérito tenía el problema que hoy tiene el país con una corrupción que cala hasta los tuétanos del sistema político.

Durante los 20 años ininterrumpidos que la izquierda, o más concretamente el PRD, ha gobernado la capital del país, ha demostrado que es parte del problema de la corrupción y de la impunidad, no la solución a la misma.    



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