¿Votarás por las dádivas o por un futuro mejor?

PORTADA #321

Por: La redacción


Ocampo, Coahuila, es el municipio más grande de México y en la década de 1970 era uno de los más pobres de todo el norte. La cabecera del inmenso territorio, en su mayoría un desierto deshabitado, era, en 1974, un pequeño pueblo de adobe tirado de panza al sol, perdido entre la inmensidad y el polvo.

De pronto, en cosa de meses, aquello se convirtió en un bullicio estruendoso de camiones, maquinaria para la construcción, maquinaria agrícola y gente venida de la ciudad de México, la mayoría perteneciente a la Secretaria de Agricultura y a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Los poquísimos habitantes veían aquello como un espectáculo y en realidad eso era lo que estaba sucediendo: se preparaba un gran espectáculo nacional.

En los meses siguientes fue construida una pista de aterrizaje entre los matorrales del desierto y se abrió una gran extensión de tierras para el cultivo de alfalfa, se perforaron pozos de agua y se construyeron establos para albergar a cientos de vacas lecheras suizas de registro.

Las casas descarapeladas y las calles de tierra fueron arregladas. Las casas lucían colores brillantes, intensos y la pequeña plaza fue rehecha en su totalidad.

Los creadores de Pixar que 43 años después produjeron la película Coco hubieran envidiado aquella estampa del pequeño pueblo coahuilense que, todo él, era una kermese para recibir el día último del año al señor presidente de la república, Luis Echeverría, quien pasó ahí la noche buena y firmó el llamado Pacto de Ocampo, por medio del cual todas las organizaciones campesinas del país (CNC, CCI,UGOC,CAN y hasta la Confederación Nacional de la Pequeña Propiedad) se comprometían, de una vez por todas, a transformar al campo mexicano e iniciar una época de riqueza agrícola, como jamás se había visto antes, terminando con la pobreza ancestral de millones de campesinos mexicanos, al menos cuatro millones de los cuales vivían en completa miseria en los alrededores de las ciudades y otros cuatro pasaban hambres en sus comunidades.

Justo en medio de la euforia de este pacto se suma al PRI un joven activista, que había dejado inconclusa su incipiente carrera universitaria en la UNAM para trabajar en algunos programas indigenistas agrícolas del sur del país. Era un tabasqueño impulsivo y deseoso de hacerse una carrera en la política oficial, de nombre Andrés Manuel López Obrador, entonces de tan solo 23 años de edad. El PRI fue su escuela política por 14 años, al cual no abandona hasta 1988.

A casi 1,500 kilómetros de distancia, en lo que hoy es la Costa Alegre de Jalisco, en el municipio de Tomatlán, una comunidad indígena perdida por siglos entre la selva tropical, varios camiones destartalados arribaban al lugar llevando grupos de campesinos reclutados en los estados de Michoacán y Jalisco, para poblar una serie de ejidos que sólo existían en el papel, donde se había cuadriculado la selva que se extendía a lo largo de la orilla del mar. Cientos de playas vírgenes que, como la selva próxima, jamás habían sido tocadas por el hombre.

El ejido había sido revolucionado, en la opinión de los ingenieros agrarios del gobierno. Cada familia campesina recibía 20 hectáreas de tierra para el cultivo; 20 hectáreas más de astillero, que podían ser dedicadas al pastoreo o a la explotación forestal, un lote de mil metros junto a la playa como patrimonio y un lote de media hectárea para construir vivienda en los pueblos que se iban fundando.

Parecía mucho, si se le comparaba al reparto del cardenismo, que en La Laguna le había otorgado a cada familia dos hectáreas de riego y dos de temporal más un lotecito en el rancho que fundara cada ejido. El problema es que todas estas tierras eran una selva tropical, donde la luz del sol no alcanzaba a tocar el piso debido a lo cerrado de la impresionante vegetación, repleta de las especies más variadas, pero también de moscos y animales ponzoñosos.


UN  FINAL DESASTROZO

Cinco años después del Pacto de Ocampo, la pista de aterrizaje que se construyera cerca del poblado de Ocampo, Coahuila, comenzaba a enyerbarse, pero aun así era bastante útil para ciertas actividades ilícitas de contrabando. Gran parte de las vacas lechera suizas habían desaparecido y sólo una parte de los campos de alfalfa se seguían regando. No se sabía o se fingía no saber qué había sucedido con todos los créditos otorgados por el gobierno.

De todos los campesinos que habían arribado cinco años antes al municipio de Tomatlán, Jalisco, las dos terceras partes se habían dado por vencidos en su lucha por destruir la selva para abrir tierras al cultivo, pero fueron sustituidos por otros que llegaron más tarde. Los pocos créditos gubernamentales se perdieron en el intento de sembrar maíz y en general granos, lo que sembraban en su estado de origen; aun así la selva fue perdiendo su lucha contra el hombre y el ganado de pastoreo para leche y carne, hoy Jalisco es el primer estado en ganado lechero de pastoreo.

Lo cierto es que sólo muy pocos salieron de la pobreza y el 70 por ciento de la siguiente generación emigró a los Estados Unidos.

Cuando Luis Echeverría llegó al poder, el país producía 11 millones de toneladas de maíz, cuando se fue en 1976 la producción había bajado a 7 millones de toneladas. Por lo menos 4 millones de campesinos habían emigrado a los Estados Unidos, donde radican hasta la fecha y cerca de 4 millones más migraron a las ciudades, una gran parte de ellos a la capital del país.

De acuerdo a la Asociación Nacional Cívica Mexicana, A.C. el gobierno de Luis Echeverría había despilfarrado en fideicomisos, programas gubernamentales contra la pobreza, empresas públicas y proyectos públicos para el desarrollo 13 billones 607 mil 600 millones de pesos, de aquéllos, desbarrancando lo que se conocía como el desarrollo estabilizador y el milagro mexicano, que logró periodos de crecimiento económico de 6 y hasta un 7% anual.

Sólo la generación que está hoy sobre los sesenta o más años recuerda el desastre económico que se vino encima después de Echeverría y de su sucesor, José López Portillo. Quienes destrozaron la economía y despilfarraron, con una política de gasto público irresponsable, billones en nombre de la lucha contra la pobreza.


2018: UN AMBIENTE RADICALIZADO

Hoy el país va a una elección que se considera como histórica. Los candidatos son Andrés Manuel López Obrador por Morena, su propio partido, después de haberlo intentado en dos ocasiones por medio del PRD; Ricardo Anaya Cortes, un joven abogado que se hace de la candidatura después de controlar la dirigencia del PAN y desplazar a grupos y camarillas muy diversas, y como candidato oficial José Antonio Meade , especialista en economía y quien, de forma muy singular, ha sido cuatro veces secretario de estado en dos gobiernos, pasando por la Secretaría de Hacienda (dos veces), Relaciones Exteriores y Desarrollo Social. Hasta su postulación no era militante del PRI.

Después de dos fracasos, Andrés Manuel López Obrador contrató a expertos en el manejo de campañas electorales y de imagen, siguiendo un guion bastante bien elaborado, que consiste básicamente en tres estrategias: ofrecer dádivas y beneficios a cada uno de los sectores más populosos del país, no confrontarse con ningún grupo de poder por medio de un discurso basado en pocos y simples pero muy atractivos planteamientos, orientados a capitalizar todo el enojo social hacia el gobierno de Enrique Peña Nieto y, finalmente, dejando a un lado su ideología de izquierda, sumar a su equipo a todo aquel personaje político que quiera apoyarlo, en lo que es un pragmatismo sin precedentes.

Una estrategia electoral exitosa para buscar por tercera vez la presidencia de la república, no un proyecto de gobierno, que pasa a segundo término pero el cual ha esbozado en un documento que es de dominio público.

Ricardo Anaya Cortés es el candidato de centro-derecha, con una campaña fincada en la lucha contra la corrupción, pero en este caso con un enfrentamiento abierto en contra del actual gobierno priista. Su campaña está basada en presentarse como la opción del cambio hacia delante, de la nueva generación  y en una crítica no muy bien estructurada al manejo de los principales problemas del país, haciendo por ejemplo referencia directa a la lucha contra el crimen, la mala impartición de justicia y en general la inclusión del país en las nuevas corrientes de la política y la economía internacional.

José Antonio Meade inició su campaña tratando de presentarse como un candidato independiente, pero sin deslindarse del actual gobierno peñista, posteriormente cambió de estrategia y fincó su campaña en defender lo que considera como los principales logros que ha tenido el país en los últimos seis años y el combate a varios de sus problemas más críticos, como la pobreza, la inseguridad y la desigualdad del desarrollo.

Aunque Meade es, de los tres, el candidato con una formación académica más amplia y sólida, además de una basta experiencia en el primer nivel del servicio público, ha evitado abordar una autocrítica sobre los saldos del sexenio que termina, así como tampoco ha aprovechado toda la información que posee para confrontar de una manera contundente las propuestas de AMLO, desde su óptica de un economista de corte liberal y un político de centro. A diferencia de Ricardo Anaya Cortés, no ha recibido ningún señalamiento sobre su honestidad, pero también es el candidato que más dificultades tiene para mover emocionalmente a los votantes.

Al final de la campaña, los tres aspirantes a la presidencia han recurrido a hacer promesas de dádivas económicas, que van desde becas, promesas de incremento de sueldos a empleados públicos, gasolinas baratas, ingresos básicos universales consistentes en la entrega de cierta cantidad de pesos al mes, tarjetas de ayuda económica que serían efectivas al triunfo del candidato y muchas cosas más, en lo que es un mercado de votos donde pareciera que el que dé más obtendrá más votos, una vieja subcultura que ha ensuciado a la democracia mexicana por todo el siglo pasado y lo que va del presente, aun después de 18 años de alternancia política.

En una democracia madura, desarrollada, lo típico es que los candidatos traten de persuadir a los electores presentando un proyecto de gobierno, que será una opción para resolver los principales problemas del país o, por lo menos, los más apremiantes.

A unos días de la elección es una incógnita cómo es que gobernará un hombre como Andrés Manuel López Obrador, porque lo único cierto es que lo que hace y dice ahora es una campaña electoral, pero eso es imposible de concretar en un gobierno con las circunstancias actuales del país, además su equipo es tan diverso y contradictorio que es también imposible saber qué corrientes o personajes influirán en su ejercicio gubernamental, pues hay desde radicales de izquierda hasta radicales de derecha, pasando por personajes absolutamente impresentables, lo mismo venidos del viejo PRI que del viejo PAN o de la izquierda radical.

También es una incógnita cómo manejará cualquiera de los candidatos que gane muchos de los problemas más críticos del país. Pongamos dos ejemplos:

En el sistema de Afores, que es el principal sistema de jubilación y pensión del país, existen 18.9 millones de mexicanos, que es la mayoría de quienes hoy están laborando en la economía formal y esperan recibir a su retiro una pensión para vivir dignamente el resto de su vida.

En la opinión de los expertos, este sistema se colapsará a lo más en 10 años o aun antes, cuando comiencen las primeras jubilaciones masivas, debido a que está mal estructurado y mal planeado financieramente. En Chile, de donde se tomó el modelo, ya hizo crisis y allá se maneja de una manera más adecuada.

Es tal la irresponsabilidad gubernamental y patronal, que la mayoría de esos 18.9 millones de afiliados nunca ha recibido siquiera un estado de cuenta, porque las Afores son básicamente eso, cuentas bancarias de ahorro. Cada cuatro meses todo afiliado debería recibir un informe, donde se daría cuenta que al momento de su jubilación recibirá una miseria. Los bancos afirman que no informan porque no tienen las direcciones de los afiliados ni han firmado un contrato formal con ellos.

Ése es el principal sistema de pensiones del país y ése sí es un problema social sumamente grave, que los candidatos ni siquiera han mencionado. En su lugar se ofrecen dádivas a los ancianos de setenta o más por 2 mil 400 pesos mensuales.

Sobre el sistema de salud pública, que es otro de los graves problemas del país, en concreto no se sabe qué sucederá, si todo seguirá igual y empeorando.

Sobre el corrupto e incompetente sistema judicial que imparte la “justicia” tampoco hay nada. Sobre la protección de los recursos naturales del país y los compromisos internacionales firmados al respecto, tampoco nada.

Sobre ciencia y tecnología, que es el futuro mundial, tampoco hay nada, salvo un poco de demagogia.
¿Qué hacer como elector(a) ante este escenario? Tal vez usted ya decidió su voto porque es simpatizante de un determinado partido o candidato; incluso no sólo lo decidió, sino que está decidido inclusive a agredir a quien difiera de usted.

Pero es muy probable que tenga el problema de la mayor parte de los electores conscientes: ya sabe por quién no va a votar, pero aún está decidiendo por quien sí. Puede tener incertidumbre, decepción de lo que está viendo o sencillamente dudas.

Posiblemente piense que Anaya es un joven y tiene carácter para ejercer el gobierno, pero le falta experiencia; que Meade está muy preparado pero teme que votar por él sea validar, en paquete, el actual gobierno que ya no quiere; que AMLO puede hacer algo por los pobres, pero es un hombre viejo, de ideas viejas, propias de la generación priista en la que creció, que fue un populismo desastroso.

Cualquiera que sea su idea y en los días de silencio electoral previos al primero de julio, es posible que sea saludable poner a un lado todas las dádivas prometidas, que finalmente la mayoría son mentiras de campaña, y piense en los verdaderos grandes problemas del país, en los que sí marcarán nuestra vida y la de nuestros hijos.

Si ponemos a un lado las pasiones y el estómago, tal vez haya que reconocer que no tenemos al candidato que hubiéramos deseado, que el escenario es penoso, y tengamos que hacer un juicio pragmático, como es la política real, y pensar quién, ya investido como presidente, respete lo que sí funciona en el país y pueda por sí o con ayuda de un equipo, enfrentar los problemas actuales y los que están por venir.

Votar es un acto solitario, libre, en secreto, donde no existen encuestas y propaganda, sólo la responsabilidad de a quién le vamos a dar el apoyo para dirigirnos como país, que es decir todo lo que tenemos y tendremos el resto de nuestras vidas. 

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